Evolución política en Nicaragua

Ariel Montoya

Tanto las insurrecciones latinoamericanas como algunos gobiernos parapetados en el común denominador de la “democracia” han sacado ventaja propia al afirmar que han alterado el orden político en beneficio ciudadano. Falso. Y más aún en Nicaragua, donde actualmente sí ocurre un proceso de evolución que está estremeciendo las estructuras ideológicas, mentales y morales del caudillismo partidario, el pactismo, el paternalismo gubernamental y la corrupción institucionalizada, con el proyecto ético y político de la Nueva Era capitaneada por el presidente Enrique Bolaños Geyer.

Esta iniciativa, que tiene contrariadas y atrincheradas a las fuerzas liberales y sandinistas enquistadas en el poder, ha reaccionado deliberadamente arrogándose deberes y derechos constitucionales, dejando atrás sus viejos ropajes de mística en una contrariada y amoral agenda de prebendas, desplumando al Ejecutivo en algunas de sus funciones administrativas y cercenando la propia voluntad popular.

Todo esto, desde un cachondo pseudoparlamentarismo muy distinto a los aplicados institucionalmente en Europa y en los propios Estados Unidos, con el cual han pretendido frenar el cambio súbito, sin violencia y sin populismo, impulsado por el mandatario Bolaños Geyer.

Pero hay más: También esta Nueva Era ha logrado como nunca la inquebrantable necesidad de democratizar el liderazgo interno de esos propios partidos, motivando la realización de unas auténticas elecciones primarias para la elección de sus candidatos. Eduardo Montealegre, del liberalismo y Herty Lewites, del sandinismo, deberán ahora continuar sus propias luchas a lo interno de sus partidos, enfrentándose a los consabidos dinosaurios engallotados en sus propios y feudales caprichos.

Los sandinistas en Nicaragua, por ejemplo, creyeron a ultranza que habían revolucionado la política, pero sólo repitieron lo que los partidos tradicionales venían haciendo a lo largo de la historia, desnaturalizando, con la llamada “piñata”, los principios revolucionarios de los cuales a estas alturas estarían arrepentidos y avergonzados, si volvieran a nacer, Sandino, Carlos Fonseca y el Che Guevara.

Por su parte, el liberalismo, enfrentado a otra crítica negativa ante la historia a causa del peligroso y desdeñoso pacto con sus viejos enemigos, enfrenta otra agria y deprimente crisis de valores políticos y de entuertos policíacos que contradicen totalmente a esa hermosa doctrina universal. Sandino repetiría el viaje al sepulcro nuevamente sin retorno. Y con él, el auténtico liberalismo.

Ambas fuerzas, al verse enfrentadas en la lucha en contra de la corrupción y a favor de la modernización institucional gerenciada por la Nueva Era, prefirieron unirse, sacrificando las aspiraciones de sus miles de simpatizantes, por la salvaguarda de sus propios intereses. Este es el principal legado del presidente Bolaños a la nación, al cual se le deben encarpetar el desarrollo económico sin precedentes de la nación.

Esta evolución política, pese a la crítica, eventualmente sensata y muchas veces irracional de diversos sectores, es difícil de ser asimilada puesto que se está tratando de romper con una tradición política caudillesca, cimentada prácticamente en todo el presidencialismo anterior. El otro punto clave de la evolución política, lo define el comportamiento personal del propio mandatario, quien, pagando las consecuencias de la impopularidad dado su rechazo a la politiquería y al falso humanismo, ha sido responsable del sano manejo financiero al rechazar medidas populistas de mediano alcance. También, el sensato comportamiento de no comprar conciencias parlamentarias con arreglos fraudulentos bajo la mesa, poniendo fin a la era de los cañonazos y los checazos, (con lo cual se habría obtenido evidentemente otra correlación de fuerzas con el Legislativo), establece una diferencia abismal entre el pasado y el presente.

Estos hechos, están marcando un cambio de actitud en el comportamiento de quienes ejercen el poder político internacional. Anteriormente Estados Unidos no tenía inconvenientes en amamantar dictaduras o tiranías, como lo hizo con los Somoza. Éste, bien podía ser un auténtico “hijo de p…”, pero era ese hijo de p… de los propios estadounidenses. Actualmente, administraciones como la del presidente George W. Bush, o la del anterior, Bill Clinton, jamás habrían usado esa tipificación para referirse a uno de sus aliados, pues ahora la realidad social y global es menos enajenante así como también, de rechazo a los regímenes viciados, anclados en un pasado de mentira y de falacia.

Las actuales circunstancias sociales y políticas, hoy más que nunca, abren las puertas no sólo para el debate académico y sociológico por los que atraviesa todo auténtico cambio social, sino que además, con la Nueva Era, esa prominente expresión del genuino cambio sin violencia y sin chabacanería populista, la propuesta se extiende hacia un horizonte de oportunidades para Nicaragua, concibiendo la política como un fin ético.

El autor es Secretario Privado de la Presidencia de la República.

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