Neguib Kalil [email protected]
El culmen del ciclo litúrgico cuaresmal es la “madre de todas las vigilias” como llamaba San Agustín a la noche del Sábado Santo, cuando los cristianos recordamos que Jesucristo no se quedó en el sepulcro, sino que resucitó de entre los muertos.
Estamos ahora en el tiempo pascual y durante cuarenta días el Señor, ya con su cuerpo glorioso, conservando las señales de sus llagas, nos va a instruir sobre todo lo que debemos saber, al igual que a sus discípulos. Y al llegar al día de la Ascensión nos pedirá que permanezcamos fieles en la oración, en la súplica y en la alabanza, porque no quedaremos solos, sino que enviará al Espíritu Santo, al Consolador, el que nos recordará todo lo que Él nos ha enseñado.
Los textos de Resurrección en los Evangelios son hermosos. Uno de ellos nos dice que María Magdalena llegó al sepulcro de Jesús, llorosa y triste, y se encontró con ángeles, pero ella no podía reconocerlos y acongojada les preguntó dónde pusieron el cuerpo del maestro, y aquellos mensajeros del cielo le contestaron: Por qué buscas entre los muertos al que vive.
En otro pasaje, María Magdalena, el día de la Resurrección está a la orilla del sepulcro de Cristo, lo ve vacío, se alarma, se extraña y “como aún estaba obscuro” algo le impedía reconocer a Jesús que, resucitado, inicia un diálogo con ella. Y es solamente cuando el Señor le dice su nombre: “María”, que a ella se le abren los ojos y le contesta: “Maestro”, e inmediatamente sale a comunicar la buena noticia.
Otro relato nos lo describe el evangelista San Lucas, cuando van caminando dos discípulos, de Jerusalén a Emaús, y van entristecidos porque cuando no hemos descubierto al Señor Resucitado y pensamos que su misión fue un fracaso, que se quedó en la tumba, que está muerto, vivimos con tristeza en el corazón. Iban conversando entre ellos de todo lo que había pasado en esos días en Jerusalén. Se acerca Jesús, dialoga con ellos y también “algo les impide reconocerle”. Es hasta cuando el Señor hace un ademán de retirarse de ellos, cuando van llegando al pueblo, que los dos discípulos claman: “Quédate con nosotros, porque ya obscurece”. Y es en el momento de partir el pan que lo reconocen y proclaman que sentían un fuego en su corazón cuando venían conversando con Cristo Resucitado.
Y también los discípulos seguían temerosos, con las puertas cerradas. Jesús atraviesa los muros y piensan que es un fantasma, y Él les muestra las señales de los clavos y de sus llagas, y durante esos cuarenta días, antes que Él suba a los cielos por su propio poder, come con ellos, los instruye, los consuela, les da la promesa que no quedarán solos, que si claman al cielo en poco tiempo serán bautizados, no con agua sino con fuego y Espíritu Santo.
Meditemos qué nos impide reconocer a Jesús Resucitado, porque la Resurrección es justicia, es paz, es generosidad, es concordia, es verdad, es reconciliarte con Dios, contigo mismo, con tus hermanos, sabiendo que un día también resucitaremos, y con la ayuda del Señor y fe y obras de misericordia, que sea para vida eterna y no para condenación.
Y María la madre del Señor que ha estado presente en todos los momentos de la historia de la salvación, ella, como perfecta discípula de su Hijo que nunca le quita la honra, sino que nos lleva a Él, será la que presidirá el cenáculo el día de Pentecostés, cuando en aquel aposento alto lenguas de fuego se posaron sobre las cabezas de todos, y nació la Iglesia Católica, y se forjaron los testigos, no solamente para Jerusalén, ni para Judea, ni Samaria, sino para todos los confines de la tierra, en todos los momentos de la historia.
¡Qué vivan Jesús y María!
El autor es Sacerdote y Abogado Canónico.