Guillermo Rothschuh Villanueva
El desarrollo exponencial de las radioemisoras durante los últimos quince años ha reestructurado el mapa de la radiodifusión nacional. Al despuntar los noventa en Nicaragua existían únicamente dos emisoras en frecuencia modulada, hoy en día doscientas sesenta y dos emisoras cubren el espectro nacional. Pero el fenómeno no se reduce estrictamente al crecimiento exorbitante de la radio. Los cambios operados son de diversa naturaleza. Estamos frente a transformaciones radicales que recomponen y redefinen el funcionamiento de las radioemisoras en todo el país.
El cambio más notorio y significativo es el dominio absoluto que ejerce la frecuencia modulada y la tendencia al frenazo en el desarrollo de la amplitud modulada. Estas tendencias que comenzaban a perfilarse a mediados de la década de los noventa se han cristalizado. El total de emisoras en amplitud modulada es de sesenta y cinco, y durante el 2004 solamente hubo una solicitud para instalar una nueva frecuencia contrario a lo ocurrido en la frecuencia modulada en donde las solicitudes alcanzaron la cifra de setenta y cinco frecuencias. Sin embargo, esto no es lo más relevante. Lo más significativo fueron las veintiocho solicitudes para instalar emisoras con doscientos cincuenta watts de potencia, porque esto viene a profundizar un fenómeno nuevo en la radiodifusión nacional. En la actualidad suenan noventa y dos emisoras en frecuencia modulada, lo que equivale a un treinta y cinco por ciento de las emisoras actualmente en el aire en dicha frecuencia. Esto es algo novedoso. El hecho de que el treinta y cinco por ciento del dial en frecuencia modulada esté saturado por emisoras de bajísima potencia nos está indicando varias cosas. La primera y más importante es la fragmentación de las audiencias, la otra cara de la mundialización.
En Nicaragua el redespliegue de las emisoras de doscientos cincuenta watts ha permitido la instalación de radioemisoras a todo lo largo y ancho del país, rompiendo con el esquema tradicional que se mantuvo hegemónico hasta los noventa: la radio nació y creció en Nicaragua, en la década del treinta del siglo pasado, teniendo como su asentamiento natural la franja del pacífico y la zona norte y central del país. Hoy las cosas han cambiado. Las pequeñas emisoras se han fincado en todo el territorio nacional incluyendo las zonas fronterizas y los lugares más apartados del país. Un fenómeno nuevo que posibilita que en las regiones más remotas y en donde ni siquiera era pensable la apertura de una radio este acontecimiento esté sucediendo. Por primera vez en la historia nacional y al sólo despuntar el nuevo siglo radios existen en todos los departamentos del país y en zonas en donde antes era impensable que este hecho se diera, (Casita, Horno, Chinandega, Cua, Jinotega, Cerro El Calvario, Nueva Segovia, Catarina, Masaya, Laguna de Perlas y Kukra Hill, RAAS, etc.)
Si en la década de los ochenta Howard H. Frederick escribió un texto emblemático cuyo título resumía la situación que el país enfrentaba en ese momento, Guerra radiofónica contra Nicaragua (1986), cuando la penetración de emisiones radiales provenientes de Honduras y Costa Rica formaba parte del arsenal bélico, hoy la situación ha cambiado sensiblemente. Las radios fronterizas en frecuencia modulada (San Pedro del Norte, en Chinandega; Radio Príncipe, en Somotillo; Loma Alta, en Pantasma; Quisuca, en Madriz; Nisis, en Nueva Segovia; Wapy, en Rama; Shalom, en Rivas) cambian por completo el paisaje radial, con el agregado de que las quejas sobre la penetración de las radios hondureñas y costarricenses pierden sentido. La operación de estas emisoras permite escuchar lo propio frente al mensaje radial foráneo, en un momento de apertura con la creación del Tratado de Libre Comercio que viene a crear una nueva situación a la que las pequeñas emisoras en frecuencia modulada (250 w) no son ajenas. En este contexto vale la pena señalar que apenas el 5.7 por ciento de las emisoras en frecuencia modulada cuentan con diez kilos de potencia y todas generan su señal en la ciudad de Managua (Stereo Universidad, La Nueva 98, Stereo Variedades, Romántica, La Musical, Tropicálida, Hit, La Buenísima, Tigre, Alfa, Mujer, Juvenil, Sandino y La Pachanguera).
Estamos frente a una total redefinición del mapa radial nicaragüense. Conviene precisar que entre el funcionamiento de las radios de diez kilos y las radios de doscientos cincuenta watts existe un mundo de diferencia en cuanto a la pautación publicitaria que fija su sobrevivencia. Esto constituye uno de los aspectos más interesantes. Mientras las grandes radios reciben sus anuncios de firmas nacionales y extranjeras con ingentes recursos económicos, las pequeñas emisoras sobreviven de la pautación fundamentalmente local: restaurantes, comiderías, ferreterías, profesionales (médicos y abogados) y su discurso tiene un carácter estrictamente comunitario. Es lo local, lo que acontece en el entorno: fiestas patronales, celebraciones locales, fiestas populares, conmemoraciones, aniversarios, cumpleaños, conjuntos musicales locales, eventos deportivos, etc., lo que determina el grueso de su programación.
Ese interés por lo propio no implica ni excluye una incidencia de lo ajeno. Como lo reconoce Dominique Wolton, ese francesito entusiasmado con el estudio de las culturas, las comunicaciones y las identidades, en el momento actual “el verdadero cambio determinado por la mundialización de las comunicaciones es que las culturas se exportan, se desplazan, no están ligadas de manera exclusiva a historias y territorios. Se trata de un formidable factor de apertura cultural que observamos en todos los países, donde se instalan culturas de otra parte”. Nadie escapa a estas influencias. Lo que se plantea a través de la propuesta local es una reacción cultural de lo propio y una resistencia a ciertas formas del choque cultural propiciado por la mundialización de las comunicaciones. Ésta es parte de la tarea que cumplen las emisoras locales.
En esta encrucijada lo determinante para Wolton y lo que finalmente importa es que cuanto más pobres somos menos dominamos los cambios y menos posible resulta preservar lo que se da en llamar culturas. Las radios locales forman parte de un fuerte entramado de resistencia cultural, que aunque contaminado por los roces e influencias de la mundialización tiende a privilegiar lo próximo con un contenido altamente nacionalista en un instante en que sus identidades son arrolladas por la mundialización. La afirmación de Wolton es exacta. Las élites son mundialistas y los pueblos nacionalistas. “Cosa tanto más cierta como que las identidades nacionales se ven arrolladas por la mundialización y son sobre todo en el Sur, lo único que queda”.
El autor es decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA