¡Rasgar el corazón!

J. Dávila y Castellón Roman, Times, serif»>Desde la colina vaticana ¡Rasgar el corazón! J. Dávila y Castellón “Rasgad vuestro corazón…” “Se trata de una invitación muy pertinente en este tiempo cuaresmal y sobre todo en estas dos últimas semanas anteriores a la Pascua. La llamada está dirigida a todos los hombres, a su interioridad, a […]

J. Dávila y Castellón

Roman, Times, serif»>Desde la colina vaticana

¡Rasgar el corazón!


J. Dávila y Castellón




“Rasgad vuestro corazón…”

“Se trata de una invitación muy pertinente en este tiempo cuaresmal y sobre todo en estas dos últimas semanas anteriores a la Pascua. La llamada está dirigida a todos los hombres, a su interioridad, a su conciencia”.

(Juan Pablo II)

Hace unos días participé en una plática sobre el porqué con demasiada frecuencia los cristianos caemos en los mismos pecados, fallas o defectos a pesar de nuestros supuestos deseos sinceros de ser mejores.

Alguien opinó que el meollo del problema radicaba en la poca importancia que se otorgaba o se otorga a cierto tipo de pecados, los que repetimos una y otra vez por considerarlos leves o veniales. Yo le hice ver a esa persona que el pecado venial es leve en relación con el pecado mortal, pero eso no significa que de por sí no tenga importancia. “De acuerdo —me respondió— pero por lo mismo que no es mortal no se le da la importancia que tiene”.

Otro interlocutor adujo la famosa “fragilidad humana” como el factor principal de nuestras reincidencias. Y un tercero algo similar, trayendo a colación el texto de San Pablo donde habla que hace el mal que no quiere y no el bien que quiere hacer.

Los argumentos buscando una explicación de nuestro moral o espiritual abundan y muchos de ellos no dejan de ser válidos, total o hasta cierto punto legítimos…

Sin embargo, después de la conversación me sigo preguntando: ¿No será que nos hace falta un profundo dolor de corazón y ésa es la razón por la que no nos corregimos? Quizás… Quizás… en muchísimos casos por los menos.

Algunos padres de familia me han expresado en diversas ocasiones el profundo dolor que han experimentado luego de aplicar severísimos castigos corporales o psicológicos a sus hijos por alguna falta cometida. Se han dejado arrastrar descontroladamente por la ira hasta el punto de sufrir una especie de ceguera moral que actuaron como quien ha perdido el juicio y no ven el daño o la injusticia cometidos quizás contra el ser más querido… Me ha dolido el dolor de esta gente que viene a mí en busca de consuelo u orientación con el corazón verdadera y auténticamente rasgado.

Pienso que una persona arrepentida en esta forma tan profunda difícilmente incurrirá en errores tan lamentables que no se borran jamás de la conciencia.

En estos tiempos nuestros, la época del postmodernismo, de buscar la ley del menor esfuerzo o regirse por lo más fácil, por lo que no cuesta, en que se rehúye el sacrificio en muchos sectores y ambientes, por otro lado se habla de “calidad”: calidad de vida, calidad profesional, calidad de marido, calidad de esposa, de artista…

Cuando el Papa nos invita, apoyado en la Sagrada Escritura a rasgar nuestro corazón en esta cuaresma, ¿ no nos está pidiendo acaso que nuestro arrepentimiento sea de calidad en el dolor por nuestros pecados tanto mortales como veniales? Creo que sí. Si penetráramos en nuestra interioridad, si nos dejásemos cuestionar por nuestra conciencia buscando a través de ella escuchar la voz de Dios, más temprano que tarde, notaríamos un cambio evidente y radical en nosotros. De lo contrario, la reina de la superficialidad se seguirá imponiendo en nuestra vidas.

Muchas veces nos falta rasgar el corazón más que nuestras vestiduras… Es decir un dolor y un propósito de más calidad.

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