Lo que se esconde en la ley de “igualdad de oportunidades”

Nina Lucas de Tenorio

Desde que hace aproximadamente cinco años apareció por primera vez el anteproyecto de ley que emplea el término de “igualdad de oportunidades”, se han realizado diferentes intentos por aprobar dicha iniciativa en la Asamblea.

Cada vez, ha sido presentada con nuevos brillos que tratan de seducir y aparentar una búsqueda de mayor igualdad bajo la ley y a satisfacer necesidades básicas de las mujeres. Tras un maquillaje y otro, los más analistas, estudiosos y conocedores de leyes, siempre descubren lo que realmente se pretende ocultar en cada iniciativa reformada.

Esta ley que apoyan abiertamente las feministas radicales, porque coincide con su ideología, no se queda en derechos sociales. Sus pretensiones van más allá, como lo han demostrado sus homólogas en otros países al expresarse que dicha igualdad “no es simplemente igualdad bajo la ley y ni siquiera igual satisfacción de necesidades básicas, sino más bien que las mujeres —al igual que los hombres— no tengan que dar a luz… La destrucción de la familia biológica, que Freud jamás visualizó, permitirá la emergencia de mujeres y hombres nuevos, diferentes de cuantos han existido anteriormente…” (Christina Hoff Sommers, Who stole feminism? Simon & Schuster, NY, 1994, p.258).

La ideología oculta es que toda diferencia entre el hombre con relación a la mujer tiene que ser obviada. Que el sexo femenino haga lo mismo y sea igual al sexo masculino, y termine rechazando su propia identidad de mujer y con ello su propia naturaleza maternal, vista como obstáculo en la búsqueda de esa “igualdad”.

En otros países esta ley ha llegado a adquirir en la práctica posiciones extremas. Mujeres, que defendiendo su derecho de igualdad de oportunidades y de hacer iguales trabajos pesados que el hombre, terminan en camiones de recolección de basura. Lo cual sin menospreciar este trabajo digno y necesario, no se puede persistir en una imposición ideológica de “igualdad entre el hombre y la mujer”, en oposición de la mujer misma, de su propia naturaleza física e identidad sexual.

Todos, personas racionales, pensantes, de cualquier religión o sin ella, ateos, laicos, con o sin un nivel académico, pero con sentido común, podemos reconocer que hay diferencias entre el hombre y la mujer, razón por la cual la raza humana está compuesta por dos sexos, y no por más opciones (bisexuales, transexuales, transgenéricos, indiferenciados, entre otros) como se requiere introducir esto en nuestra cultura, en aras de una redimensión del ser hombre y ser mujer.

Otro valor que se pretende socavar es la maternidad. La ideología del feminismo radical y defensoras de esta ley, requiere que las mujeres se apoderen del control de la reproducción; y se instaure en ellas la propiedad sobre sus propios cuerpos, en otras palabras que se les facilite por ley el aborto provocado, como igualdad de oportunidades de acceso a la salud. Podemos catalogar que esto es una nefasta igualdad de oportunidades para las mujeres.

Nefasta ley, que en la práctica se convirtiera en lo que en papel casi no se ve y se oculta como es el de lograr amparar la decisión de rechazar el ser mujer, abrir la posibilidad a otros “sexos” y lo más delicado, que rechace el privilegio de ser madre, convirtiéndose dicha mujer en victimaria de su propio hijo por nacer, en aras de esa “igualdad”.

Espero que nuestros congresistas profundicen en esto y no se queden en la apariencia de “bondad” que pueda establecer esta ley en su lenguaje, y escudriñen la misma. Al firmar su aprobación estarían siendo cómplices de la muerte de niños indefensos, concebidos, aún no nacidos en nuestra Patria.

Ojalá que esta vez se logre sacar de agenda para siempre esta ley. Ésta no es cualquier ley, de sus páginas emana sangre inocente.

La autora es Master en Psicopedagogía.

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