Juan Bosco Cuadra
Dice Karl Jaspers, filósofo alemán, que “el lenguaje sólo es fecundo en el movimiento entre el comprender que escucha y el pensamiento que responde”.
La “racionalidad”, por consiguiente, es la clave de cualquier tipo de diálogo que se quiera entablar entre dos o más autores del mismo. El lenguaje es la herramienta verbal (o escrita) del pensamiento y es fecundo cuando se cumplen estas dos condiciones mencionadas por Jaspers, a saber, la “comprensión” y el “pensamiento”.
En la historia de Nicaragua, en el famoso diálogo entre el cacique Nicarao y el conquistador español, Gil González Dávila, encontramos un ejemplo de lo que podría ponerse como ejemplo de lo que en realidad somos los nicaragüenses: que tenemos una gran capacidad para reflexionar, pensar y dialogar sobre cualquier tópico que nos sugieran y que existen tantos condicionamientos como aptitudes que nos impiden entendernos los unos a los otros.
En el libro de Pedro Mártir de Angleria, Nicaragua en las crónicas de Indias, aparece el diálogo entre Gil González y el cacique Nicarao. Una de las preguntas que le hizo fue la siguiente: “¿Qué deberían hacer ellos para agradar a aquel Dios que él predicaba cual autor de las cosas?”
Gil González les dijo, entre otras cosas: “El Creador de las cosas aborrece las guerras y ama la paz entre los vecinos, los cuales nos manda amar como a nosotros mismos”. La respuesta del cacique fue verdaderamente sorprendente: Dice Angleria: “Hecha esta explicación, Nicarao y sus cortesanos, allí presentes, con la boca abierta, mirando de hito en hito a Gil, dieron asentamiento a todas las demás proposiciones y sólo hicieron mal gesto a eso de la guerra, preguntando que adónde habían de tirar sus dardos, sus yermos de oro, sus arcos y sus flechas, sus elegantes arcos bélicos y sus magníficos estandartes militares” y preguntaron todos alborotados: “¿Daremos todo esto a las mujeres para que ellas lo manejen? ¿Nos pondremos nosotros a hilar con los husos y las ruecas de ellas, y cultivaremos la tierra rústicamente? Gil no se atrevió a replicar…”
En otras palabras, la comunicación se truncó por las tradiciones y costumbres tan arraigadas del cacique y su pueblo. La verdad teológica se estrelló con la realidad inmoral de un pueblo. Y éste es precisamente otro de los rasgos más característicos de nuestra idiosincrasia. Somos creyentes pero cuando nos tocan nuestras maneras de vivir, lo dejamos para más tarde…
Don Pablo Antonio Cuadra dijo que “el nicaragüense es un fervoroso creyente en Dios pero vive una vida inmoral” ¿Cómo se puede conciliar esto?
De seguro Gil González Dávila se escandalizó al escuchar estas argumentaciones defensivas de las costumbres del propio cacique y su pueblo.
No sé, pero me da la impresión que los nicaragüenses aún vivimos en la dialéctica engorrosa de este tipo de situaciones. En el fondo nos resistimos a cambiar nuestros estilos individuales de vida por las “creencias” que no tienen un asidero y arraigo cultural en las costumbres y tradiciones de nuestro pueblo.
La gran pregunta sería: ¿Fue esto un verdadero diálogo? O más bien, ¿un recurso para justificar unas costumbres milenarias? Yo diría que fue una especie de lectura magistral del capitán y de un estudiante, que, a la postre, le salió anárquico y rebelde.
El “shock” cultural entre estas dos culturas se hace evidente. Existe una aptitud sincera de parte del cacique por conocer las causas de las cosas y de lo que acontece en el mundo, especialmente en lo que se refiere al tema del Dios Creador, pero cuando les toca la vida y sus costumbres todo cambia.
El diálogo se termina con el “alboroto”. La comunicación existencial entre el cacique y el capitán ha quedado rota porque se ha estrellado con una intransigencia, de corte teológica, imposible de aceptar. La guerra y todo lo que con ella conlleva (honor, valor, méritos, insignias, baluartes, estándares, etc.) es “cosa de hombres”. Hilar y sembrar es “cosa de mujeres”.
Quizás una feminista consideraría “machista” al cacique Nicarao. Pero hay que entender los acontecimientos en contexto.
Definitivamente que los mal elaborados enfoques de género aquí no tienen cabida… precisamente porque lo que se trata aquí no es del trabajo “de hombres” o de “mujeres”, sino de costumbres. Ir en contra de la costumbre es algo mucho más serio, implica sobre todo, educación, una educación en valores y virtudes que ayuden a superar tanto las posiciones dogmáticas de Gil González como las costumbres depravadas del cacique Nicarao y su gente.
El autor es filósofo nicaragüense.