Estrecha relación entre ética, política y razón

Alejandro Serrano Caldera

El tema de la Ética está estrechamente relacionado al tema de la razón y de la política. Ethos, polis y logos forman desde sus orígenes socráticos y aristotélicos, una unidad de partes necesariamente complementarias. La razón da sentido y legitimidad al conjunto de reglas prácticas que forman la ética, pues es la respuesta al por qué y para qué de la acción humana; en tanto la polis, la sociedad, es la fuente de esas reglas prácticas que recogen los principios y valores que forman el ethos de una comunidad, cultura o civilización determinadas.

De acuerdo a estas consideraciones podríamos afirmar que no existe un ser previa y totalmente dado, ni un mundo definitivamente construido en el cual el ser humano pueda instalar su existencia. La vida y la historia son una constante lucha para adecuarse recíprocamente. El ser y el mundo cambian, a veces de manera abrupta, otras, de forma imperceptible. En esta interacción constante, el hombre tiene que hacerse a sí mismo y conquistar su propio ser en el mundo.

Su accionar es fruto de la libertad. El hombre está condenado a la libertad, dice Sartre, y esa libertad es la que le permite actuar para cambiar las cosas y tratar de adecuar el mundo a sus deseos y necesidades, dentro de los espacios y límites que establece la ética y que el derecho transforma en leyes de imperativo cumplimiento.

En consideración a lo anterior, podría afirmarse que la sociedad nace de un acto racional y libre. El acuerdo de voluntades que crea los derechos y deberes de los miembros del grupo social es un acto de libertad y razón. El ethos, del que nacen las reglas prácticas de comportamiento, surge de la libertad racional. Igualmente, las condiciones posteriores de desarrollo de la sociedad, las normas y las instituciones, son hijas del libre ejercicio de la razón y de la voluntad.

“Libertad es aquí sinónimo de vida política, dice Manfredo Araujo de Oliveira. Lo ético es, entonces, lo que pertenece al ethos, al mundo institucional de la polis. Es exactamente ese ethos que realiza el proceso de universalización que hace posible al ser humano en cuanto tal. Por esa razón, la determinación ética es esencialmente política, toda vez que la polis es praxis que actualiza el ser potencial del hombre. La esencia de éste, que es, en primer lugar, potencia, se actualiza en cuanto polis. Ella es la forma histórica de sociabilidad que supera toda arbitrariedad y particularismo y se presenta como realización del hombre en cuanto tal. Si es así, la ética en cuanto ciencia sólo puede ser una hermenéutica política”.

Kant es el fundador de la moral moderna o como dice Manfredo de Oliveira, de la “ética post convencional”, pues más que del establecimiento de normas que surgen del contrato se trata de la justificación racional de principios que están más allá de la voluntad colectiva y que son los que justifican nuestras acciones.

Por su parte los griegos nos enseñan que la comunidad política, la polis, era entendida como universalidad, es decir, el espacio en el que la razón construía la ética como valor universal. Esta construcción se producía en el proceso en el que se relacionaban la singularidad del sujeto con la totalidad de la sociedad, la particularidad individual con la plenitud de la polis.

Esta idea de universalidad occidental ligada a la política, la polis, la sociedad, nace de este trasfondo de la filosofía griega y se proyecta hasta nuestros días con sus diferencias específicas, hasta la llamada “ética del discurso” o de la “acción comunicativa” de los filósofos alemanes contemporáneos, Jürgen Habermas y Karl-Otto Apel.

De ahí que la lucha interna de la ética como disciplina filosófica sea su aspiración de universalidad, válida para todo tiempo y lugar, y, por otra parte, como contradicción ineludible, la cambiante naturaleza de la historia de la que proviene. Fue la contradicción que trató de superar Kant a partir de los imperativos categóricos, construyendo una filosofía moral fundada en principios de razón universalmente válidos y obligatorios, independientes de la circunstancia de tiempo y lugar

La ética es razón crítica que actúa sobre las variables de tiempo y lugar. Alrededor de ellas da su juicio, preservando lo que juzga útil para la comunidad de acuerdo a las circunstancias concretas y rechazando lo que estima dañino y perjudicial. A partir del ejercicio de la razón, busca el mayor bien para el mayor número de personas y evita que este bien se funde sobre el daño que su realización produzca a otros. La ética es la búsqueda del mayor bien y el menor mal para el individuo y la comunidad.

En este sentido, trata de identificar los valores que hacen posible de la mejor manera, las relaciones intersubjetivas y la sociabilidad. La razón y la voluntad, léase la libertad del sujeto, son aquí los factores que van a determinar en relación con la razón, la voluntad y la libertad, no sólo el lugar que le corresponde ocupar en el orden social, sino la construcción misma de ese orden, sus valores y sus reglas de comportamiento. Es decir, la formación de la comunidad y el sujeto que surgen del contrato social, que es consenso y acuerdo de voluntades, mediante el cual y siguiendo a Rousseau, la libertad natural, la de los instintos y la fuerza, da paso a la libertad civil, la del acuerdo de voluntades libremente expresadas, origen de la ética, la sociedad, el derecho y el Estado.

Siguiendo ese orden de ideas se puede afirmar la condición necesariamente complementaria entre ética y política. Toda polis tiene un ethos y todo ethos sólo es posible en la polis. De ahí se infiere que la ética, el ethos, es la condición misma de la existencia de la sociedad y de la política, pues no es posible imaginar ni la sociedad ni la política, sin un conjunto de reglas prácticas que las rigen y que son la condición de su existencia. Tampoco es posible imaginar la ética, el ethos, fuera de la comunidad política, pues es imposible suponer la existencia de reglas prácticas de aplicación social sin la existencia de la sociedad.

Por eso para los griegos era un sin sentido la existencia de la política sin la ética, porque toda política debe ser una ética en su desarrollo y toda ética una política en su contenido.

Estas ideas elementales con las que los griegos fundaron la filosofía, la ética y la política siguen siendo la justificación racional y moral del poder. Si no es así, el poder aunque real e indubitable, no tiene razón de ser pues se transforma en un abuso y en un exceso, sin legitimidad ni justificación ante el cual nadie estaría verdaderamente obligado.

El autor es filósofo nicaragüense.

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