Carlos René Ramírez
Después del despojo del Banco Nacional de Nicaragua los verdaderos damnificados aún lo lamentan, porque precisamente ellos no fueron cómplices en la extinción de la institución crediticia estatal que entre sus éxitos descolló haber promocionado en un lapso de siete años a cuatro mil 280 pequeños productores que pasaron del crédito rural al crédito bancario, lo que fue constatado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Al eliminar al Banco Nacional surgieron infinidad de microfinancieras que con dificultad le prestan a los pequeños y medianos productores con altas tasas de interés y naturalmente que los campesinos resienten esto y quisieran tener una fuente de financiamiento como la tuvo antes de 1979. El Banco Nacional fue creado en 1912 y junto con el Instituto de Fomento Nacional (Infonac) desarrollaron a Nicaragua promoviendo empresas exitosas que vigorizaron la economía nicaragüense de entonces.
En los años sesenta del siglo XX el BID declaró al Programa de Crédito Rural del Banco Nacional, como el mejor instrumento de crédito agrícola para el pequeño agricultor en América Latina, pues aplicaba principios de crédito supervisado incluyendo la asistencia técnica agronómica que permitían recuperaciones tradicionales del 95 por ciento. El Banco Nacional existió durante 85 años y ocho meses pero no resistió los embates de la corrupción y es natural que los organismos internacionales consideren a Nicaragua como un país experto en liquidar bancos estatales y privados, no estando de acuerdo en reeditar un nuevo banco. Y tienen razón porque los que quebraron al Banco Nacional andan muy campantes y algunos de ellos son los mismos que ahora piden un Banco de Fomento.
Dice J. Stiglitz, ex vicepresidente del Banco Mundial, al observar las dificultades financieras de los pequeños y medianos productores, que es tiempo de reactivar la banca estatal en manos honradas para apoyar a los sectores más necesitados. Consideramos que el síndrome de Banco Nacional se puede obviar modificando la Ley Creadora del Fondo de Crédito Rural, dándole facultades para concentrar los recursos atomizados en otras instituciones, poder efectuar financiamientos de primer piso, captar recursos y financiar únicamente a pequeños y medianos productores (existen instituciones similares en República Dominicana, Egipto, Indonesia y Bangladesh, con éxito).
Nicaragua es un caso insólito y absurdo. Los que quebraron al país y la banca estatal y privada ahora desean reconstruir el “paisito” y claman por otra banca de fomento. No le llamemos banco (por lo del síndrome), sino fondo o instituto para pequeños y medianos productores de todo tipo, pero hay que excluir a los quebradores de bancos y adoradores de la cultura de no pago.
El autor es experto en cooperativismo agrícola.