La revolución en la revolución

Joaquín A. Pastora*

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La revolución en la revolución


Joaquín A. Pastora*




El curso de la vida obliga a sentir sus pasmosos acontecimientos. Un ejemplo: la diferencia entre el gozo mayoritario con que se recibió el 19 de julio de 1979 y la penumbrosa animosidad con que se cataloga a ese alzamiento en el 2005.

Aquellos héroes entraron a Managua con la deidad pintada en el rostro. Ahora se acusan de traidores y de diabólicos apelando a la gama más áspera de los términos. La armonía no duró los 25 años de plata de los consortes. Hasta se habla en la rara apoteosis del encono de “asesinatos morales” en quienes —inmaduros— no pudieron hacer uso apropiado del poder que las circunstancias pusieron en quilataje que pronto se quebró.

Nadie esperaba que Luis Carrión Cruz iba a salir de su cueva para poner en la calle frases como éstas: “Hay arreglos entre bandas de delincuentes” (alusión al pacto), “Nicaragua necesita un cambio”, “Los partidos políticos están secuestrados”. No se refería a los pactos entre Somoza y Agüero. Se refería a los de su ex fraternal compañero de lucha Daniel Ortega, con su teórica adversidad política, con la mentada derecha que tanto puso en sus discursos. El FSLN y el PLC dibujando “un solo corazón” para que la historia se estrelle de nuevo con la misma piedra.

No hablaba sobre la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, tampoco tocaba el continuismo en el poder de sus consanguíneos. La arenga secundada por efigies homogéneas (en ese tiempo) de la Dirección Nacional, dio la impresión de darle el beneplácito a una nueva insurrección, a un levantamiento de la revolución apoyado por partícipes de la talla de Sergio Ramírez Mercado, Víctor Tirado López, Henry Ruiz y Ernesto Cardenal desde cuya tribuna octogenaria ha proclamado “la revolución perdida”.

Vinieron pues a reclamar el rescate de esa transformación echada a la basura. Se asume con lo dicho por los declarantes de aquella concentración de Jinotepe que todo lo ardorosamente expresado en las catilinarias del ayer, fue sólo un decorado verbal intoxicado por la mentira.

Más que eufórico lanzamiento de Herty Lewites fue una agria demostración de desafecto a la forma en que el compañero de hazañas nubladas se convirtió en lo mismo: pactista como Somoza (Anastasio se hizo una fotografía con Agüero que merece ser guardada como la última entre Daniel y Arnoldo).

Lo trascendente es que esta analogía ha sido abierta por un ex comandante de la “revolución”. No es opinión mía. No es filípica callejera. Pertenece a alguien que dentro de la cúpula de su era fue conocedor y consentidor, uno de los timoneles que usó para Nicaragua el cambio del retroceso.

Florece un nido donde las espinas se rozan fácilmente entre sí. La fealdad se hace más evidente cuando el dictador cuestionado (demostró esa debilidad cuando fue Presidente) es el mismo que cuestionó a Somoza.

Lula, del Brasil, es una excepción. Yo lo vi en La Habana cuando suministraba servicios de corresponsal a Le Monde Diplomatique, exigiendo a tres mil concurrentes en el Palacio de las convenciones creo en el 85, que no se pagara un solo centavo de la deuda externa. Fidel Castro, quien nunca se separó de la actividad a quien veía todos los días en la descomunal convocatoria, lo aplaudía con insistencia, al lado de Carlos Rafael Rodríguez y de Gabriel García Márquez, ocupantes de la mesa principal. Pero aquel trueno de indómito sindicalista fue revertido cuando le correspondió como Presidente del Brasil convertirse en estadista.

Se siente la avinagrada sensación de volcar trapos sucios sobre la tolerancia de los aires. Se respira un mal olor que perfora la nariz del pueblo, como si fuese un proyectil.

“Gente nueva”, no es el título de una revista. Es lo que Nicaragua quiere.

* El autor periodista

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