Lucía César de Boehmer
¡El Papa se recuperó! Se escucharon las voces felices alrededor del mundo, todos agradecidos con Dios por habernos dejado con nosotros al Santo Padre. Sin embargo, antes de su salida de la clínica leímos y escuchamos diferentes noticias relacionadas con el estado físico del Papa. En unas se hablaba de cómo iba recuperando su salud, en otras que debería renunciar, y por si esto fuera poco, en otras decían que a lo mejor podíamos tener un nuevo Papa que no fuera tan anciano ni con ideas pasadas de moda, que tal vez la Iglesia cambiaba un poquito.
En primer lugar, creo que vale la pena recordar que al Santo Padre, Vicario de Cristo en la Tierra, lo eligen los cardenales dirigidos por el Espíritu Santo; que siendo el Vicario de Cristo en la Tierra es ungido, dirigido, bendecido y protegido por la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, según consta en el Credo (nuestro dogma de fe). Por lo que nos dice que el Santo Padre no es cualquier hombre (aunque sufra y sienta como cualquier persona normal).
En el diario italiano L´Osservatore Romano se lee un título a raíz de la salida del Papa de la clínica en donde estuvo por nueve días hospitalizado, que dice: “Quien reza tiene en las manos el timón de la historia”. Juan Pablo II hombre de oración y totalmente abandonado en la voluntad de Cristo y en los brazos de la Madre, a través del sufrimiento hecho oración, manifiesta a la humanidad que su mano rige el timón.
El Papa Juan Pablo II es querido y respetado por el mundo entero. Sin distingos de clases, religión, de edad, todos queremos al Papa y necesitamos de él, no importa la edad o la enfermedad que enfrenta, simplemente, como dice el cardenal Sodano: “Si hay un hombre que tiene una sabiduría maravillosa ése es él, nosotros tenemos que tener una enorme confianza en él. Ama a la Iglesia más que nadie. Sabe qué es lo que hay que hacer. La sabiduría del anciano para la Iglesia es también un don”.
Tenemos que comprender que la presencia del Papa Juan Pablo II se hace más necesaria que nunca en este mundo que anda perdido. La enfermedad que vive el Santo Padre la está permitiendo Dios. Recordemos que el sufrimiento que vivamos en la Tierra ofrecido al Señor santifica a la persona que lo vive y a los demás. Juan Pablo II es un ejemplo de humildad, de abandono y de amor a la voluntad de Dios. Este ejemplo nos hace pensar que si un anciano, enfermo tiene este coraje de vivir la fortaleza, cómo nosotros tendríamos que hacer lo que nos toca en esta vida sin importarnos ni la edad, ni los sufrimientos que tenemos.
¿A quiénes les molesta la presencia del Santo Padre como cabeza de la Iglesia? Podemos imaginarnos que a aquéllos que les molesta que haya un timón que dirija el barco, que les molesta que les digan que andan en un camino perdido, que quieren vivir su libertad pero como libertinaje, o para aquéllos que piensan que hay que eliminar a través de la eutanasia a los viejos y enfermos.
Cuando le preguntaron al hijo del gobernador general de Canadá, Jean Vanier, quien renunció a los 35 años a una brillante carrera para dedicar su vida a los discapacitados tanto en el cuerpo como en la mente, y hoy tiene 77 años, sobre una posible renuncia de Juan Pablo II, dijo: “El testimonio sufriente de Juan Pablo II constituye un mensaje aún más elocuente que el de las encíclicas”.
“Hoy el Papa, más que con cualquier encíclica, o con cualquier otro escrito, es digno de santidad con su presencia. Hoy el mundo no tiene necesidad de grandes ‘atletas de Dios’, tiene necesidad de hombres y mujeres, como Juan Pablo II, que acepten el misterio de lo que viven”.
San Pablo dice: “Mi fuerza se manifiesta en mi debilidad”. Es precisamente esto lo que hoy vive el Papa.
La autora es una madre de familia católica