Migdonio Blandón B.
La mayoría del pueblo consciente, que al margen de los intereses de la politiquería sectaria desde distintos niveles sociales, vio satisfactoriamente la firma del acuerdo y agenda incluida del necesario diálogo nacional, que supuestamente efectuándose con sentido patrio propiciaría salir del estancamiento socioeconómico actual; por el reiterado incumplimiento de una de las partes, dicho diálogo ha fracasado lastimosamente, frustrando la ilusión de lograrse algo positivo.
Además se ha frustrado nuevamente a la ciudadanía honesta que sin interés en prebendas ha querido tener la oportunidad de ser tomada en cuenta en la aprobación o no de importantes reformas a la Constitución por el derecho, habido en la misma, de nuestra participación ciudadana. También la seguridad de estar dignamente representada con funcionarios no contaminados por la politiquería sectaria, al llegar a un consenso satisfactorio con quienes aún no están del todo fanatizados.
Mas todo ha sido un sueño fugaz, una ilusión pasajera. Se creía que por la relevancia especial de los testigos en la televisada y pública firma del documento en referencia, éste sería respetado, dándole el debido cumplimiento a la agenda acordada y firmada, pero el contubernio politiquero de los representantes de los partidos mayoritarios, el uno enseñó muy bien al otro el lema bien conocido de: “firmar me harás, cumplir jamás”.
Con raras excepciones, casi generalmente el sentido del político, en vez de servir a la ciudadanía o sea al Estado que lo representa y que contribuye a mantenerlo, tergiversa de muchas maneras su función, haciendo de ella para sí, más que todo, una profesión lucrativa. Así, su ambición a veces insaciable crece progresivamente, llegando a hacer propia y efectiva la frase maquiavélica de que el fin justifica los medios.
Así, caminando por vericuetos torcidos, con los valores intrínsecos se va perdiendo la dignidad, que es sinónimo de hombría y rectitud, que es punto menos que imposible recuperarla. Tales valores y dignidad se asemejan a la deshonrosa pérdida de la virginidad. Lo mismo pasa con la política cuando ésta degenera en politiquería. Al perderse los valores morales y éticos, éstos se transforman en apestoso fanatismo y egolatría que con demagogia contagia a quienes les falta el civismo.
Esa peligrosa y retrógrada peste, desde la independencia al presente, ha sido la causa de que nuestra querida Patria, dotada por el Creador de una incalculable y potencial riqueza, lo mismo que de exuberante y singular belleza natural, continúe siendo la cenicienta del continente americano. La politiquería ególatra y fanática, como decía antes con raras excepciones, obstruyendo los canales del progreso del pueblo en general, ha sido y es el dique que no permite salir del subdesarrollo.
El abstencionismo electoral de los pasados comicios sumado a un gran porcentaje de quienes fueron a dar su voto más que todo por hacer uso de su derecho, puede llegar bien a más del 75 por ciento de personas honestas que repudian la politiquería y conscientes de la caótica situación en que han sumido al país, es casi seguro que cívicamente sin ninguna otra divisa que el azul y blanco, estarían dispuesto a colaborar en la extirpación de los tumores que motivan la repulsiva peste politiquera, que entorpeciendo el desarrollo impiden que Nicaragua sea la República digna que tiene que ser.
Que Dios nos dé el coraje cívico necesario para salvar a nuestra Patria y restaurando su meritoria grandeza, hacer de ella un digno legado a la juventud actual y a las nuevas generaciones.
El autor es empresario privado.