Regresión a la insensatez y la arbitrariedad política

José Joaquín Quadra [email protected]

Decapitar no es una cosa nueva. Cuando se ejecutaba a alguien cortándole la cabeza, allá a inicios de nuestra “civilización”, se pretendía —además de privar de su vida al decapitado— quitarle su identidad, la que para nuestros antepasados radicaba en el rostro de las personas. Por ello, decapitarlos era una manera no sólo de matarlos sino también de borrarles su propia identidad.

Aunque las clases altas de la Roma antigua para cumplir una condena y morir de acuerdo a su linaje optaban tomar un veneno, decapitar ha sido a lo largo de nuestra existencia quizás una de las maneras más usadas y también honrosas de quitar la vida a los condenados a muerte; al menos era mejor que morir en la horca, o empalado, o comido por los perros, o por los leones.

La historia está llena de decapitados y guillotinados. Por eso, tienen que haberse dado tremendas pasiones para entender cómo el rey Herodes mandó a decapitar a San Juan Bautista, para cumplir la palabra empeñada con la hija de su mujer, Herodías, de darle lo que le pidiera —“incluso la mitad de su reino”—, después de bailar durante una fiesta en su palacio. Dice el pasaje bíblico que cuando instigada por su madre le pidió la cabeza de El Bautista, Herodes “se entristeció” porque sabía que éste era un hombre santo y justo pero sintió —además de su pasión desordenada— que era más importante cumplir su promesa y lo mandó a decapitar.

Varios siglos después, Tomás Moro, canciller de Inglaterra, prototipo del hombre íntegro, leal y virtuoso, hoy Santo Tomás Moro, sería decapitado por órdenes de Enrique VIII —prototipo del absolutismo y de los excesos del poder— por oponerse al divorcio de su soberano con Catalina de Aragón, legítima y primera esposa del monarca inglés. Enrique VIII, otrora proclamado “Defensor de la Fe”, provocaría con sus desvaríos el cisma de la Iglesia Anglicana. Muchas cabezas del clero también rodaron, las más piadosas, las más santas, otras —como ocurre a veces— apoyaron al déspota.

Luis XVI y su esposa María Antonieta, símbolos del absolutismo monárquico decadente, también serían decapitados, mejor dicho guillotinados, durante aquella época posterior a la Revolución Francesa de 1789. Miles de cabezas rodarían, incluyendo las de muchos de sus verdugos (Robespierre, Danton y otros) durante esa época conocida como Reinado del Terror, empañando las legítimas conquistas de libertad, igualdad y fraternidad del pueblo francés.

Aquí en Nicaragua, donde parece vivimos no décadas, sino centurias atrasados, parece que nuestros políticos, esos hombres quienes deberían ser modelo de virtudes y hombría, han reinventado, como en la antigüedad, la decapitación como la mejor manera de acabar con los que disienten, tratando también de borrarles así su identidad.

El triste caso de la “decapitación” de Herty Lewites y Eduardo Montealegre (tal vez sea una honra para ellos) —quizás dos de entre los mejores representantes de los partidos mayoritarios—, es una verdadera regresión a la insensatez y la arbitrariedad, consecuencia de un verticalismo partidario y caudillesco que no tolera la maravillosa capacidad del ser humano de disentir.

Nuestros políticos, con la decapitación de Herty y Eduardo Montealegre no sólo pretenden quitarles su elemental derecho de aspirar, sino que, lo que es todavía peor, le quitan el derecho a muchos miles de nicaragüenses de escoger.

La decapitación de Herty y Eduardo Montealegre es volver, como si no estuviéramos tan atrasados, a la época de Herodes, de Enrique VIII y Robespierre, todas marcadas por la intolerancia, la arbitrariedad, la violencia, el engaño, la barbarie, pero especialmente por actos que marcaron sinos trágicos y degradantes en cada época.

Herodes nos revive en los políticos de hoy el concepto de la “palabra empeñada”, no importando lo que hayan comprometido con esa palabra. Con Enrique VIII nos recuerdan que es posible pasar por encima de todas las leyes porque al fin de cuentas son ellos los que hacen las leyes. Con Robespierre y el Reinado del Terror nos enseñan que la brutalidad y la violencia pueden privar sobre la inteligencia y la razón.

Lo que nuestros políticos de hoy no saben es que al convertirse en verdugos gratuitos, también corren el riesgo, al igual que Robespierre, de ser entre ellos mismos decapitados.

El autor es abogado

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