Hugo F. Castillo
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Por tanta ambigüedad…
Hugo F. Castillo
Hay un decir popular que reza así: “En guerra avisada no hay soldado muerto”. Cuando en las elecciones pasadas se eligió a Enrique Bolaños como Presidente de la República de Nicaragua, todos sus electores y no electores sabían de sus cualidades definidas en el marco del “yo no vi”, “yo no escuché”, “yo sólo soy el vicepresidente”. Él era el sujeto anfibológico de la gran corrupción y latrocinio que el entonces presidente Arnoldo Alemán con sus secuaces hacían del erario.
Siempre se presentó como el sujeto indeterminante e indeterminado, no obstante detentar funciones precisas dentro del aparato del Estado, tanto en la Secretaría de Descentralización —que dicho sea de paso, no funcionó—, en Enel, al frente de una comisión muy importante y en la que da ciertas autorizaciones, que según se dijo en su momento lo beneficiaron económicamente, además de crear con la autorización de Alemán, por supuesto, una Comisión de Ética y Control que en su momento se interpretó como instancia paralela a la Contraloría General de la República al frente de la cual estaban dos personas dispuestas a exigir claridad y transparencia, una de ellas por sus imperativos políticos; momentáneos, y la otra —Claudia— por sus imperativos de vida y cuna noble, honorable, profesionalmente capaz y responsable; comisión que al igual que su responsable no vio ni oyó nada.
Los electores eligieron a un sujeto sordo y ciego para que decidiera los destinos de cada uno de los nicaragüenses. Hoy, este mismo señor no escucha ya los cantos o el trinar de las alondras —de qué le sirven siendo sordo— y además se autodefine como testarudo, se guía por los asnos de su solar a los que considera verdaderos “filósofos” por la paciencia que tienen para remolar la pastura, con poses de pensadores —tal y como refiere el cuento sobre el Sátiro Sordo— y los que sin ninguna praxis de nicaraguaneidad se regocijan al ver enajenada nuestra soberanía; ¿Cuántos de ellos tienen limpia su idoneidad nacional?
Esta terrible experiencia me impone pensar que para la selección de un candidato tenemos que escudriñar en primer lugar los términos en que éste conciba a Nicaragua; si la concibe o piensa en inglés, o en nuestro preciado castellano-nahualizado.
No es posible seguir con este ritmo de cosas, para regir los destinos del país. Los diputados que conforman las representaciones de sus partidos para el coloquio entre éstos y el Gobierno, reclaman a las alondras y se quejan del poco y pobre aporte de los delegados del Gobierno —los nuevos “consejeros”—, posiblemente los que sustituyeron a las alondras, los que buscan verdades hechas a su medida y de fácil comprensión propias de espíritus mediocres como decía Nietzsche.
El asunto parece ser que ellos le transmiten al Presidente, éste interpreta y hace un discurso diferente e incluso opuesto a los que se acuerda en el mencionado diálogo. Siendo éstos los principales y más importantes cerebros con que cuenta don Enrique, lo que podemos esperar es toda una suerte de intervenciones de organismos e instituciones extranjeras, para resolver nuestra situación o más bien para formular las verdades que encantan y seducen al espíritu medio de “nuestro gobernante”.
Con la Biblia y los diccionarios en la mano no se llegará a ningún lado, menos aún con la Constitución de los Estados Unidos. Estamos ante una realidad muy particular que exige una real profundización de un proyecto democrático, estamos ante categorías muy particulares y formulando conceptos histórico-dinámicos, que exigen nuestro mayor y mas acabado esfuerzo intelectual, es imperativo el conocimiento de nuestro desarrollo histórico político y de nuestra capacidad de abrir nuevas posibilidades y horizontes al concepto de democracia y libertad.
En efecto, la pobreza no puede esperar, hay que eliminarla en todos sus niveles de manifestación.
El autor es sociólogo