Luciano Cuadra W.
En una revista de Nicaragua se publicó recientemente una nota que recuerda la muerte de la trabajadora social Mildred Abaunza, que fue asesinada por la Guardia somocista en una plazoleta de la Colonia Centroamérica, ubicada en el grupo G, donde sus habitantes han procurado mantener en pie una placa conmemorativa.
En la información se dijo que “Mildred, originaria de Siuna, cubrió la retirada del comandante Tomás Borge, cuando éste salía de una reunión clandestina con una célula sandinista. Los restos de Mildred están sepultados en el Cementerio Oriental de Managua y su nombre ha sido reivindicado por la Asociación Nicaragüense de Trabajadores Sociales, al igual que algunos centros asistenciales y cooperativas de mujeres adoptaron su nombre”.
Se debe recordar que en esa ocasión Tomás Borge no escapó; fue capturado por la misma patrulla de la Guardia Nacional mientras que Mildred se comportó como una verdadera militante, consciente de su compromiso con la causa, y decidida a llegar a las últimas consecuencias fajándose con los guardias; mientras el ahora diputado Borge en vez de enfrentarlos decidió salvar su vida, gritando:
“No disparen, yo soy Tomás Borge”, sabiendo que los militares, en efecto, no le dispararían porque él era más útil para Somoza estando vivo y no muerto.
Sería bueno que Borge aprovechara la reedición de su libro La paciente impaciencia, en la que piensa extenderse “un poco” sobre Henry Ruiz, y decida hablar de esos momentos no tan elegantes en la vida de un ex revolucionario.
Dicho sea de paso, en el volumen del libro de Borge que poseo, mi primo, el poeta Mario Cajina Vega, dejó escrito el siguiente pensamiento: “Ésta es la manera de cómo no debe uno escribir sus memorias…”