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La sustitución de los maestros
El Ministro de Educación amenazó a los maestros que se encuentran en huelga con despedirlos y sustituirlos “con personas con vocación” de enseñar. “Ser maestro —aseguró el Ministro— no necesariamente significa ser normalista. Yo he sido maestro en diferentes niveles y no fui a la Normal. Ser maestro es algo que uno tiene en el corazón”. (LA PRENSA, lunes 7 de febrero del 2005).
Pero no tiene razón el Ministro. No es cierto que los maestros pueden ser sustituidos con cualquier cosa. Por el contrario, precisamente porque el régimen sandinista de los años ochenta sustituyó a una gran cantidad de maestros con personas que no tenían capacidad ni formación magisterial, es que todavía hoy la educación pública de Nicaragua se encuentra en el estado desastroso que se lamenta.
En realidad, lo que debería hacer el Ministro de Educación es reconocer que, independientemente de la filiación política y del interés partidista que tienen algunos dirigentes de los maestros, éstos tienen razón al demandar aumento de salario. Y no sólo porque lo que ganan actualmente es muy poco, sino también porque la educación es un eje estratégico para el desarrollo económico y social; y porque mejorar la educación implica ante todo pagarle un salario digno a los maestros.
También nos parece justo que el bono de complemento salarial de 700 córdobas mensuales, que el Gobierno Central y la Asamblea Nacional otorgaron a los maestros, sea incorporado como sueldo básico y sumado al cálculo de la cotización para el INSS y del décimo tercer mes de salario anual. El problema es cómo convertir la bonificación en salario, sin alterar más el déficit presupuestario pactado con el FMI para que Nicaragua no se salga del programa de apoyo financiero de la comunidad internacional y no pierda los beneficios que se derivan de éste.
Al respecto, el FMI también debería ayudar a encontrar una solución justa al problema que está planteado. Por ejemplo, el FMI debería dejar de oponerse al aumento de salarios de empleados públicos tan mal pagados como los maestros, y en vez de eso presionar para que se reduzca el gasto público innecesario. En este campo hay mucho donde rozar: por ejemplo, suprimir la asignación multimillonaria que reciben los diputados “para obras sociales”, combustible gratuito y otros privilegios; reducir a la mitad la Asamblea Nacional y la Corte Suprema de Justicia; convertir al CSE en una comisión nacional electoral, como debería ser; volver a la Contraloría General de la República con un solo titular, etc.
Estamos seguros de que una presión mancomunada de las organizaciones magisteriales con el Gobierno Central y el FMI, para que se haga una reforma del Estado que permita reducir esos inmensos gastos innecesarios y pasar lo que se ahorre al fortalecimiento de la educación, la salud y la seguridad pública, tendría el apoyo de la población y no podría ser resistido por los diputados, quienes están tan voraces y desbocados porque hasta ahora nadie les ha puesto el freno debido y necesario.
En una estrategia de esa clase debería centrarse el Ministerio de Educación, y dejar de amenazar a los maestros con despedirlos y sustituirlos con cualquier cosa. De sobra se sabe que la represión y la amenaza de aplicar represalias no ayudan a encontrar una solución apropiada a este tipo de problemas sociales, sino que los empeoran.
Posiblemente el Ministro de Educación ignora —y si es así sus asesores deberían ilustrarlo— que precisamente la sustitución de maestros con cualquier cosa, que hizo el régimen represivo del FSLN en los años ochenta, fue una de las causas fundamentales de la situación desastrosa en que se encuentra la educación actualmente.
En efecto, el régimen sandinista sacó del magisterio a millares de maestros y los sustituyó con “buenos compañeros del partido”, con activistas de los “organismos de masas”, con miembros de las brigadas revolucionarias Georgino Andrade y 50 Aniversario, con “graduados” en la Campaña Nacional de Alfabetización, con semianalfabetos que para ser “maestros” pasaban un curso de tres meses en Cuba o aquí en Nicaragua; en fin, con gente “de corazón” pero sin la preparación adecuada, que le hicieron tanto daño a la educación pública que es hoy y todavía no se ha podido recuperar.