Alberto L. Alemán Aguirre
El sábado 8 de enero, cerca de las cuatro de la tarde, el bus de Sonsonate a Santa Ana avanzaba raudo por la carretera. A unos 20 ó 25 kilómetros de la primera ciudad, tres hombres hicieron señas para abordarlo. Subieron por la puerta de atrás. Sin perder mucho tiempo, caminaron hacia el centro del bus, sacaron sus pistolas y sin miramientos, acribillaron a un pasajero.
No les importó la vida de mujeres, niños y otros viajeros. Tras hacer el trabajo, bajaron y tomaron un taxi que ya les esperaba, desapareciendo velozmente. Dos personas inocentes salieron heridas.
El muerto fue un joven de 24 años, supuestamente un marero de la temida pandilla Mara 18, lo que, según la Policía Nacional Civil de El Salvador, hace suponer que todo fue una “pasada de cuentas” entre pandilleros, siendo los sicarios —también jóvenes—, con la mayor probabilidad , miembros de la rival Mara Salvatrucha.
El hombre asesinado fue el homicidio número 11 en apenas 8 días del nuevo año.
Este tipo de crimen no es común en Nicaragua, no al menos en una ruta interurbana tan movida como Managua-León, por ejemplo. Es más probable que pase en zonas rurales alejadas.
Pero en El Salvador, asesinatos como éste son muy comunes. Tan comunes, que a muchos ya no les da frío ni calor.
Infortunadamente, El Salvador experimenta en las últimas semanas un repunte de los asesinatos.
En enero se cometieron 290 homicidios, a un promedio de 9 por día, según reporta el diario local La Prensa Gráfica. Éste es un incremento de 52.6% respecto al mismo mes del 2004.
De acuerdo a la Policía, el año pasado hubo 2,756 muertos en crímenes violentos, contra 2,172 en el 2003. Mil de los que murieron en el 2004, fallecieron en enfrentamientos entre pandillas.
Son las cifras más altas en 4 años. En el 2000, el número de personas muertas a causa de la violencia y la delincuencia fue de 2,341.
Las autoridades atribuyen el repunte a las pandillas, al sentimiento de impunidad entre los criminales, la falta de protección de testigos y a lo que llaman “violencia histórica”.
El presidente Elías Antonio Saca, bajo la presión de los medios, se apresuró ayer a defender su plan Súper Mano Dura contra las maras, y negó que esté fracasando.
Señaló que 5 mil mareros están presos y espetó: “¿Qué hubiera pasado si todos estos muchachos peligrosos estuvieran en la calle?”
Saca achacó la nueva oleada criminal a la “violencia social histórica y de las maras”.
El plan del Presidente ha ido bien, pero aunque tiene pequeños componentes sociales, es fundamentalmente una respuesta represiva. El Salvador, como el resto de Centroamérica, carece de políticas integrales de seguridad ciudadana que se enmarquen en planes globales de desarrollo social.
El caso salvadoreño tiene sus particularidades. En un complejo y profundo estudio del fenómeno de la violencia en la sociedad salvadoreña, preparado para el Banco Interamericano de Desarrollo en 1998, un grupo de especialistas de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, presentó interesantes conclusiones.
En un contexto histórico, sostienen los autores, la violencia de los últimos años no es sino un nuevo ciclo de la prolongada “agresión social” que esa sociedad vive desde principios del siglo XX. Su expresión más conocida: la Matanza de 1932, el aplastamiento brutal de una sublevación campesina.
La prolongada e intensa guerra civil de los años ochenta y su herencia son otros elementos muy importantes del fenómeno de hoy.
Como una de las secuelas más lastimosas, la guerra fortaleció —aunque no creó— una “cultura de la violencia”, que originó “un sistema de normas y valores que legitiman y privilegian el uso de la violencia en cualquier ámbito por sobre otras formas de comportamiento social”.
La proliferación de armas de fuego y los débiles sistemas policial y judicial son otros factores de peso.
“Concretamente, la guerra civil militarizó la sociedad, deterioró la convivencia social y adiestró a los ciudadanos en el uso de la agresión como medio instrumental universal para dirimir las diferencias (…)La autoridad residía en quienes portaban las armas, se trivializó el valor de la vida humana, sobre todo la del adversario”.
Esa trivialización la ejemplifican las cifras de homicidios, y si bien la guerra no creó la cultura de la violencia, la afianzó y tiene que ver mucho con lo que hoy pasa, sostienen los autores, en un ensayo que no ha perdido validez.