Luis Sánchez Sancho
En el relato sobre Orfeo y Eurídice, mencioné que ésta murió como consecuencia de la mordedura de una serpiente venenosa cuando huía en el bosque de la persecución de Aristeo, quien se enamoró de ella locamente y quería poseerla así fuese por la fuerza. Pero, ¿quién era Aristeo? me preguntó un amable lector de esta columna.
Pues bien, Aristeo era hijo de Apolo y de la ninfa Cirene. Fue educado por su bisabuela Gaia o Gea y por las cuatro Estaciones. También participaron en su educación las ninfas y el centauro Quirón, y de todos ellos aprendió Aristeo las artes de cazar en los bosques, cultivar el olivo, cuajar la leche y, sobre todo, hacer colmenas para producir la miel.
Por haber sido el causante de la muerte de la bella Eurídice, los dioses castigaron a Aristeo afectando a las abejas con una misteriosa enfermedad que las exterminó por completo. Y como producir la miel era su afición más querida, Aristeo fue a donde su madre, Cirene, para pedirle que lo ayudara. Pero su madre, aunque conmovida por los lamentos de su hijo no podía hacer nada para ayudarlo. Sólo pudo darle un consejo: Ve —le dijo—, a buscar al sabio Proteo, hijo del Océano, que vive en el mar de Carpacia. Él conoce muy bien los secretos más ocultos de la Naturaleza y podría decirte cuál es la causa de tu desgracia, para que puedas remediarla.
Entonces fue Aristeo hasta donde se encontraba Proteo, pero éste no lo quería recibir, lo eludía con cualquier pretexto, hasta que cansado de su insistencia lo atendió, lo escuchó y le dijo: la maldición divina te persigue porque cargas el peso de un horrendo crimen. También cae sobre ti la ira y el deseo de venganza de las ninfas, pues por tu culpa pereció una de sus hermanas queridas, la bella, modesta y dulce Eurídice.
—¿Y qué debo hacer para aplacar la ira de las ninfas y poner fin al castigo de los dioses?— preguntó, desolado, el desdichado hijo del dios del Sol.
—Tienes que erigir un templo para rendir culto a Eurídice—, aconsejó Proteo a Aristeo. —Justo ante la puerta del templo debes construir cuatro altares y verter al pie de ellos la sangre de cuatro toros y cuatro terneras. Los cadáveres de estos animales debes llevarlos a un bosque sagrado, volver después de nueve días y si los cadáveres se encuentran intactos, tienes que trasladarlos de nuevo al pie de los altares donde derramaste su sangre.
Aristeo hizo todo lo que le aconsejó Proteo. Al asomar la Aurora del décimo día corrió hacia el bosque donde, maravillado, encontró enteros los cuerpos de los animales de cuyas entrañas salían nubes de abejas en innumerables enjambres.
Así fue que Aristeo pudo de nuevo dedicarse a producir la miel. Después se casó con Antonoea y fue padre de Acteón, el cazador, a quien Diana convirtió en ciervo —porque se atrevió a ver su hermosísimo y virginal cuerpo desnudo, mientras ella se bañaba— y fue devorado por sus propios perros.
Después Aristeo viajó por Cerdeña, Sicilia y Tracia, donde enseñó a los pueblos el arte de la agricultura. Finalmente estableció su residencia en el monte Hemus, pero un día desapareció misteriosamente, para siempre.
La leyenda dice que los dioses llevaron a Aristeo al cielo y lo colocaron en el firmamento, donde desde entonces es Acuario, uno de los signos del Zodíaco.