¿Cuál diálogo nacional?

Pablo Sanabria

El diálogo que sostienen el Gobierno, el partido liberal y los sandinistas no busca soluciones substanciales a la crisis política que atraviesa el país sino que es un parche que trata de retener temporalmente el derramamiento de la indignación ciudadana y lanzar una nube de humo sobre las posibles consecuencias de la resolución de la Corte Centroamericana de Justicia.

Hay que mantener presente la causa de fondo que ha generado la situación conflictiva que vive el país. No es que el señor Bolaños sea un mal Presidente, ni que los sandinistas controlen el Poder Judicial o que la Asamblea haya aprobado reformas a la Constitución. El problema es que Arnoldo Alemán está preso y su partido no puede ni podrá asimilar ese hecho.

Cuando el presidente Bolaños declaró la guerra contra la corrupción, el PLC le declaró la guerra a él. Una guerra a muerte, al punto que las diferencias entre el PLC y el Ejecutivo han llegado a ser irreconciliables. Todo lo demás es accesorio, secundario, formal. Aunque Alemán saliera mañana en libertad, la crisis permanecería mientras el señor Bolaños esté en la Presidencia. Por eso, lo que vemos en la realidad es un entendimiento entre el PLC y los sandinistas. El partido rojinegro simplemente ha sabido capitalizar la coyuntura y es, en definitiva, el mayor ganador. Lo único que el presidente Bolaños puede sacar de este “diálogo” es que le dejen terminar su período presidencial sin mayores disturbios. Nada más.

Una de las lecciones que nos enseña esta situación es que —como decía mi profesor de Introducción al Derecho a principios de los años ochenta— el poder político es uno e indivisible. La doctrina de la división de poderes, de Montesquieu, debe entenderse sólo en el sentido técnico. Un Poder Ejecutivo no puede funcionar sin un partido mayoritario que lo respalde desde el Poder Legislativo. Hasta un niño puede entender que las recientes reformas a la Constitución simplemente buscan despojar de más atribuciones al Ejecutivo para debilitarlo. En Nicaragua, el poder político tiene tres cabezas. Dos grandes (Arnoldo Alemán y Daniel Ortega) y otra que nació pequeña y continúa disminuyendo su tamaño (Enrique Bolaños). Así se explica la crisis institucional que atravesamos.

Otra lección que nos enseña nuestro circo político es que cuando un Presidente se decide a emprender una guerra contra la corrupción, debe tener la mano suficientemente firme para tomar decisiones radicales y extremas cuando las circunstancias lo ameriten. De lo contrario, es mejor quedarse callado y dejar que el río siga su curso. El Presidente ha dado muestras de debilidad que envalentonan a sus adversarios. Se parece a un boxeador que golpea a su rival pero sin estar dispuesto a rematarlo y que, por lo tanto, decepciona.

Abandone ese remedo de diálogo, señor Presidente. Póngase al frente del movimiento cívico que ya se ha iniciado. Marche por las calles y haga contacto directo con el pueblo. Invite a la gente a que manifieste su descontento. Asuma su papel de máximo líder de la nación. De lo contrario, renuncie, pues, en tal caso ¿qué sentido tendría que le sigan llamando “Presidente”?

El autor es abogado.

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