Mercedes Gordillo*
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La diferencia entre mis tiempos de ayer y hoy
Mercedes Gordillo*
La diferencia entre mis tiempos y los que vivimos, no consiste solamente en una ciudad destruida por un terremoto. Sus calles, mi colegio, el Mercado Central, la Bolívar y la Roosevelt, forman parte de mi vida en un conjunto de memorias. Eran tiempos más sencillos, cuando la pobreza se llevaba con dignidad, llena de olores, alegrías, sinsabores, bajo música de roconolas en los parques y juegos en las aceras del barrio, a pesar de la política, los lomazos o golpes de Estado, como los 25 días del doctor Leonardo Argüello.
Los crímenes eran raros, como el de la Milagritos Cuarezma, una niña asesinada por un guardia, que dio mucho que hablar durante meses a los periódicos. Las amas de casa se divertían “corriendo y cantando”, con programas radiales, incluyendo la novela El derecho de nacer, de Félix B. Caignet, opuesta al aborto.
Celebrábamos las Fiestas Patrias desfilando sudorosas bajo el sol, luciendo uniforme de gala, muy parecido al cotidiano. El Día de los Muertos visitábamos el panteón o cementerio general portando corozos, lirios sencillos y lágrimas. La Navidad era siempre muy bella, con aires frescos decembrinos. Inventábamos nacimientos realistas con musgos, aserrín, plantas naturales, cascadas de papel celofán cayendo sobre un espejo y no existía Santa Claus ni su trineo de nieve.
Si no teníamos carro viajábamos tranquilos en coches tirados por caballos, cruzando rampas polvorientas o lodosas.
Son tantas las diferencias, que lo que escribo podría considerarse cosas de la tercera o cuarta edad, por no decir cosas de viejos. Tal vez es mejor hacer un rápido repaso: en política hemos avanzado, retrocedido y a veces empeorado. Ya no sufrimos la nefasta dictadura de 45 años pero tuvimos una revolucionaria de 10, la democracia se abre paso a empujones con crisis ejecutivas, parlamentarias e injusticieras. Las que han sufrido más deterioro son las personas que han perdido dignidad, ha aumentado su pobreza material y espiritual. Ya nunca escuchamos aquella frase dicha con orgullo: “Yo soy pobre pero honrado”. Porque en estos tiempos el que roba más no es el peor. Ahora ellos son los más inteligentes, respetados, homenajeados. El público los envidia y hay muchos que desean imitarlos y siguen tras sus pasos.
Un niño o niña no puede pensar en ir a patinar al parque, le roban los patines, los violan, según sea la ocasión. El crimen de la Milagritos Cuarezma que mencioné anteriormente, da risa al lado de las muertes diarias que ocurren ahora. Hasta mayo del 2004, 150 mujeres habían sido asesinadas y los suicidios son asunto cotidiano. Día a día el lago hiede más. Prostitutas y prostitutos han aumentado sus oficios a niveles insospechados.
Los desfiles patrióticos son pretextos para que familias pobres gasten, presten, se empeñen para obtener dinero y que la hija o nieta pueda lucir ataviada como palillona, como concursar para reina de belleza. Si vamos a visitar a sus muertos en noviembre veremos que cruces, ángeles, jardines y ornamentos han sido robados, incluso se profanan tumbas en busca de alguna prenda de oro.
Algunos culpan a los medios de comunicación, creo que hay mucho de eso: al avance del siglo XXI, al desarrollo y la globalización del capitalismo salvaje. Mientras tanto, ¿qué hacen las personas que enfrentan a pandillas (perdón, maras) en los barrios? ¿Dónde recogemos las ilusiones derramadas de una juventud drogada, desencantada de la vida? Y yo ¿para qué escribo estas cosas si a nadie le importa el pensamiento ajeno?
Sinceramente no creo que todos estos cambios se deban nada más a la pobreza material, sino más bien a la espiritual, porque la pobreza de espíritu significa la pérdida de la esperanza, que solamente Jesucristo puede proporcionar, porque también sufrió como hombre y también hace milagros.
* La autora es escritora nicaragüense