Cornelio Hopmann
Cuando yo estaba entre la niñez y la adolescencia, mis padres y mis maestros comenzaron a transmitirme lo que puede llamarse el sentido de decencia, es decir que ciertos comportamientos no convienen en privado mucho menos en público.
Parte de este sentido de decencia es no compartir con ciertas personas, señaladas como fuera de consenso social, por ejemplo borrachos crónicos, gente sucia por descuido, etc. Creciendo yo, estos conceptos se extendían a defectos no tan visibles, como evitar personas pleitistas, mentirosas y engañosas, para culminar en conceptos morales, por ejemplo no andar con estafadores o ladrones, ni siquiera con gente “viva” o mujeriega.
El mensaje siempre era simple: quien anda con gente sucia corre el riesgo de ensuciarse a sí mismo.
Sin este sentido de decencia no funcionaría ni la sociedad más primitiva, puesto que la sanción impuesta por la ley al comportamiento indecente es solamente el último y más severo instrumento para restablecer la paz social. Y es efectivo solamente si está respaldada por el rechazo propio de la sociedad misma. Por otro lado, no se puede negar que hay a veces mucha hipocresía, o mucho prejuicio de quienes pretenden dictaminar qué es decente y qué no.
Como lo enseña Sócrates, madurar como persona adulta —y como sociedad— significa combinar, refinar y soportar el puro sentido de decencia usando la razón crítica y autocrítica.
Ahora mal, al ver la televisión, leer los periódicos y escuchar las radioemisoras, se puede caer en la falsa impresión como si Nicaragua hubiese perdido este elemento esencial que es el sentido de decencia.
Se ve, se lee y se escucha que aparentemente hay una gran cantidad de personas en las élites del país, quienes no temen ensuciarse al compartir con una persona que sólo por prescripción legal escapó de un proceso por violación de su hijastra; y con otra que fue condenada en primera instancia por haber lavado una fortuna sacada de las arcas del Estado, las que se le habían confiado para guardarlas. Para mis padres la regla de oro en estos casos hubiera sido: ¡Guarde distancia prudente!
Afortunadamente Nicaragua, como tal, no ha perdido el sentido de decencia, no está dividida en nada como algunos quieren hacernos creer para tapar su propia falta del sentido prudente de decencia. Encuesta tras encuesta y entrevista tras entrevista, la gente decente de Nicaragua, la abrumadora mayoría, demuestra que sabe perfectamente qué es decente, así como muestra su rechazo profundo a lo que no es decente.
Me queda sin embargo una pregunta sin respuesta: Desde hace ya casi 20 años soy docente universitario, intentando no solamente enseñar informática sino ayudarles a jóvenes, en una fase muy crítica para ellos, a precisar y fundamentar su sentido de decencia, pues es ahí donde comienzan las calidades ciudadanas.
Soy padre de cuatro hijos, dos adolescentes y un adulto joven. Ni en la aula de clase ni en casa me atrevería hablar de comportamiento decente, de honestidad, de compromisos, en una sola palabra de ética, si yo mismo no hubiese conservado este sentido inculcado por mis padres, mis maestros y mis profesores, y si yo no lo intentara practicar a diario. Ni mis estudiantes ni mis propios hijos me respetarían.
¿Cómo entonces les dan la cara a sus estudiantes o a sus hijos los magistrados, diputados, altos funcionarios, dirigentes políticos, miembros de clero etc., a quienes al parecer se les perdió este sentido más elemental? Yo no pudiera, ni recurriendo a decir que la política fuera así: sucia. Sería una mentira más, puesto que desde Aristóteles, Pericles y Platón, hasta Agustín, Tomas Moore y Juan Pablo II, quedó establecido que la política ejercida con decencia es una de las virtudes más nobles.
El autor es especialista en Informática