Diálogo nacional

Fernando José Bárcenas Molina*

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Diálogo nacional


Fernando José Bárcenas Molina*




Se dice con insistencia, en los círculos políticos, que hay una crisis institucional que origina la necesidad de un diálogo nacional. Cada fracción de la capa dirigente se ilusiona, entonces, en poner a discusión, sobre la mesa, sus intereses y pretensiones privadas para repartirse el poder (por medio de reformas institucionales o sin ellas), y saca del bolsillo, para actualizarla, su mezquina agenda personal.

Lo fundamental es analizar si existe un proyecto estratégico de desarrollo del país, que tenga como objetivo básico, inicial, enfrentar con emergencia la desesperanza que arrincona a la inmensa mayoría de la nación, en la pobreza extrema. La discusión no está en el ámbito de la teoría del derecho constitucional, sino en el plano social y en la estrategia de crecimiento económico. La falta de credibilidad, la apatía creciente hacia la participación electoral, es el síntoma de un cambio de conciencia en la mayoría de la población que busca una solución directa a sus problemas básicos.

Pese al empuje progresista de todos los sectores sociales para derribar a Somoza, a finales de los años setenta, el país se enrumba, desde entonces, hacia la decadencia política, económica y social.

Desde una óptica social, cualquier cambio en la forma de gobierno, o en el cuerpo de leyes, o en la centralización del Ejecutivo, es secundaria, si no se hace en función de la estrategia de desarrollo nacional a ejecutar ni resulta de utilidad práctica. Después de todo, junto a los derechos individuales, con el derrocamiento de Somoza se trataba de liberar y encausar en beneficio de la mayoría los recursos productivos de la nación, oprimidos bajo los intereses de la dictadura familiar.

La agenda histórica de la población pobre de este país, que se ha empeñado con generosidad bajo la esperanza de construir un futuro mejor para sus hijos, sigue pendiente, abandonada en el letargo de los escritorios relucientes de la burocracia. Cada vez la nación se debilita más en manos de estos funcionarios ineficientes. En 25 años de control de los cuatro poderes separados, no han sido capaces de elaborar un proyecto nacional alternativo a la dictadura, con planes y objetivos definidos, perfectamente cuantificables, con los cuales se genere riqueza, que luego se distribuya con justicia social.

Un diálogo ahora, cuyo eje sea un acuerdo burocrático en torno al desplazamiento del poder entre partidos políticos que carecen de programa, resulta extraño a los intereses de la nación. Por su lado, la conciencia de los sectores que cargan con la crisis se nutre de forma creciente de la necesidad de acciones urgentes que respondan al desafío que representa su situación social desesperada.

El programa a discutir entonces, con transparencia y plena participación de los sectores sociales interesados, debería tener como punto central, definir una estrategia destinada a asegurar el crecimiento económico y a aumentar el empleo productivo bien remunerado.

* El autor es ingeniero eléctrico

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