César Augusto Bravo Vargas*
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Por sus frutos los conoceréis
César Augusto Bravo Vargas*
El poco grado de conciencia del peligro que encierra la realidad y la escasa visión de nuestra sociedad para comprenderla a veces nos lleva a defender lo indefendible y a aceptar nuestro presente como algo a lo que debemos resignarnos, porque somos incapaces de transformar la realidad. La lucha contra estos estereotipos fue el afán de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien no conformándose con un estado totalitarista exponía su verdad, aún a costa de la consecuencia fatal. El camino que forjó Pedro Joaquín conduce a una auténtica libertad de expresión. Algunas personas, por conveniencia o fanatismo político o religioso jamás encontraron ese camino.
Tal es el caso de José Castillo Vanegas, miembro de la Comunidad Renovación Católica, de Don Bosco, quien publicó en este mismo Diario un artículo en defensa del cardenal Miguel Purificación Bravo (nombre que reza en su partida de nacimiento). A este férreo defensor de los hombres de estrado le aclaro que PJCh es el Mártir de las Libertades Públicas y no de la verdad, pues retomando la verdad subjetiva de Hegel, nos percatamos que ésta no es absoluta. Así por ejemplo, la verdad de Galileo no era más verdad que la verdad católica que lo obligó a retractarse de sus descubrimientos científicos.
Ni por un sólo instante han sido mis intenciones injuriar a la persona de Su Eminencia, pero es imposible separar la obra —que realiza el Cardenal— del Cardenal mismo. El verdadero hombre debe ser consciente de sus actos y responsable de ellos, porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta (Eclesiastés 12,14).
Como practicante de la fe católica aspiro a que mi Santa Madre Iglesia Católica se libre de quienes yo creo son falsos profetas que están dentro de ella y que según mi criterio a menudo son delatados por sus propias formas de proceder, pues: “no me creáis a mí, creed a las obras…”, enseña el Maestro en Juan 10,38. Muchos son los que, muy al estilo Madame Bovary, de Flaubert, prefieren creer en lo que les dicen y no en lo que miran. No necesito que el Cardenal diga en público o me lo susurre al oído que rechaza su origen, basta ver en su obrar que él jamás visita su tierra natal, qué menos a sus familiares que viven no en los Altos de Santo Domingo sino en Santo Domingo de Chontales, sumido en la más cruel pobreza, mientras las siete vacas gordas cargan en sus ancas el corazón con la cruz en la parte superior que pastorearon en las haciendas de los hermanos Roque Centeno. Para mi, las conclusiones a las que llega el Cardenal no están basadas en la observación y palpación de la realidad sino en las palabras de los políticos gobernantes.
Cuando leí a Castillo Vanegas recordé —por ciertas similitudes encontradas— haber leído el Edicto de Tesalónica promulgado por el emperador Teodosio en el año 380 después de Cristo, donde “convierte al catolicismo en la religión oficial del Imperio Romano. Todos los pueblos regidos por nuestra clemencia y templanza profesarán la religión que San Pedro enseñó a los romanos y mandamos a que los que cumplen esta ley tomen el nombre de cristianos católicos. Los demás son unos dementes y malvados y mandamos a que soporten la infamia de su herejía y que sean alcanzados por la venganza divina, primero, luego por nuestra acción vindicativa que hemos emprendido por determinación del cielo”.
Si alguien desea ser verdadero seguidor de Cristo debe retomar sus palabras, cuando dice: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18,36). Los políticos, unos son peores que otros y jamás entenderán, siempre le pondrán bozal a la libertad de expresión y seguirán saqueando el erario; el Cardenal no los compondrá jamás identificándose con ellos, pero si alguien quiere defenderlo que le diga que se aleje de ellos.
Yo tengo paz en mi corazón desde que el Diario LA PRENSA publicó el artículo El Estado y el Cardenal que es de mi exclusiva responsabilidad, pues no pudiera vivir tranquilo apañando lo que considero que es injustificable. En la época medieval Castillo me hubiera quemado a fuego lento en las llamas inquisidoras de la hoguera, hoy se conforma con tildarme de injurioso.
Yo no soy quien para juzgar a nadie y menos al Cardenal, pues en el oráculo divino está: “Tuya, oh Señor, es la misericordia. Porque tú pagas a cada uno conforme a su obra”. (Salmo 62,12).
* El autor es escritor chontaleño