El último viaje

José Adán [email protected] Es difícil elegir cuando hay muchas opciones. De niño pensaba que todos los carros eran iguales y soñaba con uno de bomberos o una tanqueta. Con sirena, cañones y todo cuento. Con los años, todavía de adolescente, pensaba que los mejores carros eran los de carrera, rápidos y furiosos, y me veía […]

José Adán [email protected]

Es difícil elegir cuando hay muchas opciones.

De niño pensaba que todos los carros eran iguales y soñaba con uno de bomberos o una tanqueta.

Con sirena, cañones y todo cuento. Con los años, todavía de adolescente, pensaba que los mejores carros eran los de carrera, rápidos y furiosos, y me veía volar sobre las pistas dejando vertiginosamente atrás las imágenes de la vida que se ven borrosas a ambos lados de la ventana cuando el motor ruge.

Luego me gustaban las motos y me veía solitario deambular por carreteras desoladas a bordo de una moto renegada, con chaqueta de cuero, gafas oscuras y casco negro estilo nazi.

Pero luego, en ese inevitable cambio que todos sufrimos, o deberíamos sufrir para “madurar”, olvidé los carros bomberos, las tanquetas, los fórmula uno y las motocicletas renegadas.

Me golpeó la realidad de la pobreza y empecé a sufrir los buses urbanos, esas horribles máquinas conducidas por gente que destripa gente en las calles.

Ahí conocí a los carteristas, a las mujeres estafadoras, a los niños que cantan a cambio de monedas, a los ciegos que tocan mujeres con sus manos y bastones, y un sinfín de olores de todo tipo, agradables y desagradables, muchos de los cuales se vuelven inolvidables por la brutalidad con que entraron a la memoria del olfato.

Entré a la universidad, medio aprendí algo, me salió un trabajo decente y entonces conocí los taxis.

Al principio fue agradable: eran cordiales en su mayoría, prestaban buen servicio y no había tantos compitiendo en las calles.

Pero de pronto, como en todo oficio que de repente se populariza sin que exista vocación o preparación sino más bien por necesidad, surgieron los cadetes, los autolotes de vehículos coreanos a precios baratos. Entonces la calidad del servicio cayó, atada a un terrible abuso de la violencia.

Vinieron los asaltos, las bandas organizadas, las violaciones, los malos tratos, los secuestros express y toda una triste gama de innovaciones delincuenciales.

De pronto, tomar un taxi se volvió un riesgo y conseguir un buen servicio es suerte de lotería. Todos empezaron a ser sospechosos y cuando todos parecen ser criminales, nadie viaja en paz.

Gracias a golpes de suerte, al trabajo y quizás a la buena estrella que siempre he pensado que me acompaña, logré reunir un poco de plata para decirle adiós a esta columna.

Ahora me asaltan las mismas dudas de mis etapas de crecimiento: ¿qué tipo de carro quiero? Ya no quiero el de bomberos y le tengo miedo a la velocidad, así que descarto la moto y el de carrera.

Para andar en Managua me gustaría un camión, quizás así me respeten los buseros. Pero por aquello de lo caro de la gasolina me gustaría uno de ésos de tres cilindros que dicen que gastan un galón en 60 kilómetros. Para la seguridad personal preferiría una tanqueta.

No sé, ya me decidiré y será mi poco presupuesto el que realmente me indique a qué carro tengo opción.

Mientras tanto, en este mi último viaje, me arriesgaré y le haré la parada a ese taxi que viene ahí.

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