Destrucción de la débil democracia

Silvio Méndez [email protected]

“La historia juzga a los hombres no por sus victorias o derrotas, sino por sus resultados”.
(W. Churchil)

Desilusionante ha sido el siglo 21 para Nicaragua. Terribles y melancólicos han sido los eventos desastrosos que han oscurecido los primeros cinco años de la centuria. Hemos visto en todo aspecto una disolución, un debilitamiento de nuestra unidad como nación, el reto a nuestros principios morales, reducción de nuestras creencias y esperanzas de las que dependen las estructuras y la existencia de una sociedad civilizada. ¿Se podría dudar, revisando este sombrío panorama, que estamos pasando por un período de enorme destrucción y disminución de nuestra democracia, aumento del empobrecimiento y tendencias destructivas que aún no terminan su malévolo fin?

El honor, a como literalmente se entiende, parece muerto en Nicaragua, y con éste se han ido la inocencia, el raciocinio, el optimismo y el propio concepto de una sociedad ordenada.

Hemos visto, en un período muy corto, cómo los partidos políticos hacen equivocaciones, manosean y comprometen la Constitución Política de Nicaragua; cómo, de un plumazo y sin previa consulta, hacen cambios en la Constitución con el único fin de mejorar su posición política y de poder dentro de las estructuras gubernamentales.

El plan de los partidos políticos en la Asamblea es de una triste mediocridad, sus miembros están listos a hacer grandes sacrificios por sus opiniones, pero no tienen opiniones. Están listos a morir por la verdad, pero no conocen la verdad. Para mantenerse en sus puestos por unas semanas o unos meses de más, no existe postulado que ellos no estén listos a abandonar ni sucio polvo o basura que no estén preparados a consumir. La dignidad de un congresista, como el de una dama, no debe ser susceptible a una disminución parcial. Han faltado a la tradición parlamentaria y deshonrado el servicio a la Nación. Esto no es política, es una enfermedad. Esto no es una creencia, es pestilencia.

El PLC olvida y tira a un lado el inmenso sacrificio en vidas, miseria, exilio, prisiones, asesinatos, pérdida de propiedad, etc., que se entregó para lograr vencer al totalitarismo que cruelmente nos gobernó por 12 largos años. Los comandantes de la contrarrevolución y su ejército desmovilizado, a quienes debemos nuestra joven democracia, deben observar con tristeza, su sacrificio, las vidas de los suyos, amigos, compañeros de guerra, siendo despreciadas a cambio de más poder para unos y libertad personal para otros. Están entregando poder que costó mucha sangre de hermanos conquistarlo. ¿Cómo pueden ellos suponer que los mismos hombres en el mismo barco, puedan hacer algo mejor en el futuro que lo que ya han hecho en el pasado?

El PLC no debe estar en desacuerdo, disputar o rechazar que cada partido, cada fuerza democrática dé su aporte al bienestar del país; deben mover barreras y obstrucciones, apartar mal entendimientos que parezcan superficiales, divergencias aparentes entre grupos democráticos, cuyo fin es dirigido al común objetivo de paz en democracia, en el que nuestro futuro depende. ¿Por qué solamente la guerra es el único propósito que nos pueda unir? ¿Por qué no podemos tener algo de esto por la paz y la justicia?

No nos convirtamos en traidores al sacrificio máximo ofrecido por nuestros hermanos contrarrevolucionarios. No olvidemos lo que esto fue durante la lucha de independencia, de libertad que libramos por 12 largos años. Recordemos a este ejército joven, el más fino que hemos tenido, improvisado al ruido de los cañones, cada hombre un voluntario inspirado no sólo por amor patrio, sino porque su convicción de libertad estaba secuestrada por una tiranía. No dejaron ningún sacrificio sin hacer por peligroso o fatal que fuera. Luchando contra toda adversidad, el lodo, la sangre de las trincheras, las ametralladoras asesinas, conscientes de su raza, orgullosos de su causa, convirtiéronse en una fuerza admirable que mantuvo al ejército opresor en constante peligro de derrota. Si una o diez vidas se requerían para una acción libertaria sobraban los voluntarios que las llevaban a cabo, con ardor y amor patrio. No importó cuántos caían, volvían a la carga. Ninguna condición física, por severa que fuera, privaba a sus comandantes de su obediencia y lealtad. Mártires no menos que soldados, llenaron el alto propósito del deber con el que ellos se vieron envueltos. Inconquistables, excepto por la muerte, ellos levantaron un monumento de virtud nativa que será la maravilla, la reverencia y la gratitud de nuestra nación, mientras nos mantengamos como una nación entre hombres libres.

El autor es Ingeniero.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí