La rosa y la abeja

Adán Torres ¿Qué quieres? —preguntó la rosa a la abeja— ¿De ti? ¡Quiero polen y néctar para mi reina! ¿Reina llamas a un insecto insignificante? —Respondió la rosa con soberbia y altivez. Dijo la abeja: por ella venimos, vamos, y vivimos; y por nuestra majestad luchamos. ¡Dime! —Dijo la flor— ¿Qué sabes tú de las […]

Adán Torres

¿Qué quieres? —preguntó la rosa a la abeja— ¿De ti? ¡Quiero polen y néctar para mi reina! ¿Reina llamas a un insecto insignificante? —Respondió la rosa con soberbia y altivez.

Dijo la abeja: por ella venimos, vamos, y vivimos; y por nuestra majestad luchamos.

¡Dime! —Dijo la flor— ¿Qué sabes tú de las rosas? Sólo sé que necesitamos de ellas para sobrevivir, —respondió con tacto la abeja y con silvestre sabiduría.

Ilusa, le dijo la rosa altiva: No sabes que por milenios se nos corta para lucir cumpleaños, aniversarios, bodas y dar de paso recepciones a grandes dignatarios?

Has de saber, dijo la abeja, que donde tus hermanas van, ahí va nuestra miel y endulza todos los hogares y se sirve en helados, pasteles y diversos manjares.

En todo lo que has dicho no hay veracidad, dijo la rosa; he concluido que tú y tu reina son unas mentirosas.

Por primera vez se exasperó la abeja y, conteniendo su enojo, dijo a la rosa engreída: ha llegado el momento de arrebatar lo que necesitamos, pues mi reina espera y tomaré de ti lo que es necesario para nuestro sustento diario. He perdido mi tiempo en un diálogo vano. De ti busco la vida, mas tu hablar es insano.

¡No me toques! —Dijo la rosa— Me has insultado de loca. En la rosa posó la abeja y polen y néctar extrajo de su boca.

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