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Tsunami: efectos colaterales
El cataclismo que ocurrió el 26 de diciembre recién pasado en el Océano Índico (sismo de 9 en la escala de Richter más un poderoso tsunami), que arrasó una gran cantidad de ciudades y aldeas de varios países del sur de Asia y mató a casi doscientas mil personas, entre ellas miles de turistas extranjeros, provocó un tremendo impacto emocional en todas partes del mundo, inclusive en Nicaragua.
Mucho se comenta ahora sobre el peligro de que aquí pudiera ocurrir algo igual o parecido, dado que Nicaragua es un país sísmico con un extenso registro de desastres naturales. Además, Nicaragua es un país vulnerable a los desastres naturales y absolutamente dependiente de la ayuda internacional, cada vez que ocurre una catástrofe causada por el desborde de las fuerzas de la Naturaleza.
Precisamente, hace menos de un año, en marzo del 2004, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) dio a conocer un informe que fue titulado Reducción del riesgo de desastres: un desafío para el desarrollo, en el cual se señaló que Nicaragua es uno de los países más vulnerables a las catástrofes humanas y materiales causadas por terremotos, ciclones tropicales e inundaciones.
Sin embargo es muy poco o prácticamente nada lo que se ha hecho desde entonces para superar esa vulnerabilidad ante los desastres naturales, tal como lo demostró en junio del mismo año pasado el deslave del cerro Musún, en el norte de Nicaragua. O sea que no se han reducido los riesgos de graves consecuencias por desastres naturales y, por lo tanto, no se ha avanzado en el camino del desarrollo.
Y es que aquí, en vez de fortalecer los mecanismos para la prevención de desastres se prefiere despilfarrar los escasos recursos del Estado en el mantenimiento de una frondosa burocracia estatal y en prodigar privilegios como —por ejemplo— la asignación presupuestaria para gastos de proselitismo político de los diputados. De manera que Nicaragua sigue expuesta a sufrir graves consecuencias con cada desastre natural, aunque sea de pequeña o mediana magnitud, ya no digamos como el recién ocurrido en el Océano Índico.
Por otro lado, es digna de resaltar la encomiable disposición que han manifestado muchas personas, de ayudar en cualquier forma pero ante todo materialmente a las poblaciones surasiáticas afectadas por el cataclismo del 26 de diciembre pasado.
Sin duda que no es fácil para un país tan pobre y alejado de la zona de la catástrofe, enviar ayuda material a las poblaciones damnificadas. Sin embargo se ha sugerido la idea de unificar esfuerzos y recursos de todos los países de Centroamérica, lo cual permitiría recaudar ayuda material y económica en magnitud relevante, lo mismo que facilitar su envío y transportación.
Otra preocupación que se ha manifestado a raíz del cataclismo asiático del 26 de diciembre es la de que podría reducirse y hasta desaparecer la ayuda que Nicaragua recibe de la comunidad internacional, en virtud del gran respaldo que ésta tiene que dar ahora a las víctimas del tsunami. Es un temor que no debería desestimarse, pues sin duda que para la comunidad internacional tiene que ser mucho más necesario e importante ayudar a las víctimas del cataclismo asiático, en vez de seguir gastando recursos en un país que, como Nicaragua, no aprovecha correctamente todo el apoyo que recibe.
Con el cataclismo del 26 de diciembre pasado es la primera vez que un desastre natural afecta al mismo tiempo tanto a países pobres como ricos y de distintos continentes, en este caso de Asia, Europa y América. Ciertamente, este desastre no sólo causó gran destrucción y mortandad en los países donde ocurrieron el sismo y el tsunami, sino que también mató a miles de turistas europeos y estadounidenses.
Se trata, pues, de una tragedia internacional e intercontinental que desviará hacia el Asia toda o casi toda la ayuda material y económica de los países donantes. Además, los países europeos principalmente afectados por el cataclismo asiático fueron precisamente los que más apoyan a Nicaragua, de manera que cabe la posibilidad de que los gobernantes de esos países reflexionen si vale la pena seguir ayudando a un país como éste: ingobernable, lavador de dinero sucio y secuestrado impunemente por políticos corruptos, en vez de ayudar mucho más a quienes no sólo lo necesitan imperiosamente sino que lo merecen mucho más.