Mina Nelson
El sandinismo, con su caudillo irredento, no es un malestar hepático superado, no es un tumor extirpado, es un cáncer que viene degenerando las células de la sociedad y hay que cortarlo de raíz, con el bisturí y la quimioterapia.
Con la justicia, a la que le han cambiado la venda de sus ojos por el pañuelo rojinegro, es imposible pretender que el nefasto comandante sea llevado al banquillo de los acusados, pero hay un supremo tribunal que es el pueblo al que le corresponde dictar un nuevo veredicto, aplicarle una nueva derrota electoral a quien burló las promesas revolucionarias y suplantó una dictadura con la tiranía más cruel que haya sufrido Nicaragua en el último siglo.
No hablo de vivir con el fantasma del pasado, sino de abrir los ojos a una realidad patética. Daniel Ortega ya se autoproclamó candidato para las elecciones del 2006 y desde ahora está conspirando contra la estabilidad democrática. Pero el camino de las urnas lo llevará al destierro de la vida pública, por voluntad popular mayoritaria.