Jimmy Bolaños
Marcos 4, 24 les decía también: “Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces…”
Qué fácil juzgamos a los demás en base a los chismes y rumores que oímos o, peor aún, cuando damos crédito a calumnias que buscan difamar a determinada persona con fines malévolos. Hoy en día la mayoría de las personas no saben en quién creer y ponen en duda la honestidad y sinceridad de los demás, sobre todo cuando se trata de personajes de la vida pública.
Nicaragua es una nación dañada por la mentira y el engaño de tantos seudolíderes que han abusado de ella, de la izquierda mayormente pero también de la derecha. La gente necesita volver a creer, volver a confiar, pero como los honestos y los mentirosos tienen igual acceso a los medios de comunicación, muchas veces la gente no sabe en quién creer.
La verdad es callada y la mentira es bulliciosa, el que dice la verdad no siente la necesidad de hacerse propaganda, confía en la fuerza de la verdad y además “el que no las debe no las teme”; la mentira en cambio necesita repetirse para llegar a ser tenida como verdad, y los medios de comunicación —sin pretenderlo— se vuelven cajas de resonancia de tantas mentiras.
Las personas que hemos conocido la trayectoria del presidente Enrique Bolaños a lo largo de su vida sabemos que es una persona honorable, honesta y confiable. Es un hombre de palabra. Así es, porque a pesar de que las personas de palabra parecieran ser una especie en peligro de extinción, todavía quedan muchos en todos los ámbitos de la sociedad, incluso entre la clase política.
La población puede constatar que en lo que va de su Gobierno el Presidente ha mantenido su palabra cumpliendo sus promesas de campaña como su lucha contra la corrupción, la generación de nuevas fuentes de empleo, el fomento de la inversión en nuestro país y no hacer pactos a espaldas del pueblo. Lo importante no es solamente prometer sino cumplir con lo prometido y respaldar con acciones concretas y verificables lo dicho, y los hechos están a la vista de todos.
Por ejemplo, cuando juró ante el altar de la Catedral de Granada nunca haber tramado nada para pedir al Vaticano la remoción de ningún obispo, yo le creí al presidente Enrique Bolaños y sé que habló en nombre de todos sus familiares. Su trayectoria habla por él, sus hechos, su vida; es un católico que sabe lo que vale un juramento, es un hombre de principios que valora el honor, la familia, y todos los que lo han conocido de cerca saben que es honesto a toda prueba.
Sin embargo, es evidente que ciertos sectores del clero no le han creído en el pasado y han persistido en seguir acusando al Gobierno de tramas y campañas en contra del Cardenal y la Iglesia. Al poner en entredicho la honestidad del Presidente lo que consiguen estos miembros del clero es enseñar a sus feligreses a no creer en nadie al tiempo que menoscaban su misma autoridad eclesiástica, ya que uno no puede pedir lo que no da.
El clero es el primero que conociendo el valor de la palabra está llamado a otorgar al Presidente el crédito que se merece, sobre todo cuando se pronuncia en público y bajo juramento, precisamente en momentos en que tanto insisten las mismas autoridades de la Iglesia en el diálogo como solución de las diferencias que nos aquejan.
Hemos llegado al punto en que los demagogos y deshonestos, los politiqueros que tanto han dañado al país son ahora personas dignas de todo crédito, mientras que aquéllos que se han destacado por su honestidad y rectitud a lo largo de toda su vida son cuestionados públicamente.
Creo que estos miembros del clero deben rectificar, deberían aceptar las explicaciones del Presidente y recordar que hay quienes por intereses ajenos al bien andar de la Iglesia son capaces de lanzar todo tipo de calumnias con tal de dañar las relaciones del Gobierno con los obispos.
El Presidente ha jurado y ha elevado su voz para que la oiga todo el país y sus autoridades eclesiásticas, él ha hablado en público. ¿Por qué seguir creyendo en calumnias que se lanzan bajo la sombra del anonimato y no dar crédito a la voz que se eleva a plena luz del día?
El autor es zootecnista.