Hugo Ramón García
Al comenzar el nuevo año, una luz de esperanza ilumina el espíritu de los nicaragüenses en la búsqueda de una auténtica paz social para construir un modelo de sociedad que se asiente en las bases de una profunda civilización y podamos dar testimonio de una conducta superior que responda a las íntimas inquietudes de una conciencia transformada.
En el caminar de la historia, el hombre —como sujeto de ella misma— está llamado a ser un arquitecto de los cambios básicos que como persona le competen. Esta República no puede seguir siendo afectada por odios perniciosos que mucho han incidido en su destrucción moral. Y la forma eficaz de superarlos es alimentando el corazón de sentimientos positivos que hagan factible la reconciliación humana para alcanzar, después, los objetivos comunes de una provechosa armonía.
Todos tenemos capacidad de entendernos. Somos portadores de la razón y poseemos a favor nuestro los recursos elementales de ella para actuar con claro discernimiento y no dejarnos llevar por oscuras pasiones que ponen en mal predicado la semejanza que Dios ha impreso en el hombre. Vivamos un año nuevo con el espíritu lleno de perdón hacia los demás para que podamos encontrar la paz. No le dediquemos tiempo completo a los rencores ni a los odios, y depongamos las viejas querellas para que la salud del espíritu se mantenga estable y seamos capaces de darle a la patria la significación de personas que llevamos dentro.
Nicaragua requiere de hombres evolucionados: ciudadanos que sepan entender la necesidad de ser mejores que ayer, y no portadores de villanos pensamientos que indisponen su voluntad. Tenemos que dar crédito de lo bueno que hay en nosotros, porque en cada hombre hay la capacidad que Dios nos ha dotado desde el hecho de ser un continuador de su imagen. Nuestra República no puede ser patrimonio de oportunistas y aprovechados; es una nación que vive en el tiempo para que sus buenos hijos la sepan valorar y le den, en el espacio de la historia, el lugar que le corresponde.
Somos muchos los que queremos un país que tenga por escudo la buena fe, y no una Patria confrontativa que tenga por resultado ilógicas divisiones que mucho daño han ocasionado a la estabilidad nacional y, finalmente, abogamos por una Nicaragua donde se acabe para siempre la violencia contra la mujer y se respete y se honre su dignidad porque ella, por la delicadeza de su género, se vuelve merecedora de cuanta consideración se le debe, y cual una encantadora musa, o el ruiseñor que canta como la llama Víctor Hugo, el padre del romanticismo francés, tendamos a sus pies las flores mas fragantes que perduran en los jardines de la dicha, y la esperanza.
Que el Señor de señores con su infinita sabiduría bendiga a Nicaragua y a los nicaragüenses, y nos haga partícipes de sus mejores disposiciones.
El autor es periodista de Somoto.