Mary Anastasia O’Grady
El premier soviético Nikita Jrushov se jactó famosamente de que él había prevalecido en la confrontación nuclear con John F. Kennedy, la cual afianzó la dictadura cubana. “Logramos, diría yo, un éxito espectacular sin tener que disparar un solo tiro”. Quizá eso era verdad, pero 25 años después el costo financiero de intentar competir con una América más poderosa echó a tierra los sueños totalitarios de Rusia.
Pobre Nikita, actualmente debe estar apesadumbrado revolviéndose en su tumba mientras que en Venezuela, Hugo Chávez le demuestra al mundo qué tan fácilmente puede convertirse en un gobernante totalitario, contando incluso con el respaldo del Departamento de Estado, tal como sucedió luego de que Chávez aplastó un intento de revocatoria de su mandato a través de maniobras altamente sospechosas en el conteo de votos.
Esta lección no ha pasado desapercibida para otros políticos hambrientos de poder de otras partes de Latinoamérica, que al igual que Chávez encuentran altamente inconvenientes el sistema de frenos, contrapesos y balanzas institucionales. Un ejemplo está en Ecuador, en donde el Presidente acaba de despedir a la mayoría de la Corte Suprema; en Nicaragua, los sandinistas, una vez más hambrientos de poder, podrían llevar a una frágil democracia a su final en las próximas semanas por medio de un golpe de Estado constitucional al estilo “Chávez”.
No es de sorprenderse que uno de los preferidos de la Unión Soviética en los tiempos de la Guerra Fría, el sandinista Daniel Ortega, esté en centro del problema y ayudándole a consolidar su poder esté el notoriamente corrupto ex presidente Arnoldo Alemán y sus fieles seguidores del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) en la Asamblea Nacional.
A través de los años 1980, Ortega y su banda de revolucionarios gobernaron el país con puño de hierro. En la edición de la revista New Yorker de septiembre 23 de 1996, Paúl Berman describió elocuentemente la represión bajo los comunistas: “Mujeres de las familias más pobres iban al mercado con canastas llenas de frutas o granos, sostenidas en sus cabezas, tal como siempre lo habían hecho, pero la Policía Sandinista abordaba los buses rurales y arrestaba a las mujeres por cargos de especulación”.
Los abusos de los sandinistas sobre los indígenas dio nacimiento a la famosa “Contra” en la cual la Administración Reagan concentró sus esfuerzos para ayudar a los nicaragüenses a luchar una guerra de guerrillas contra los comunistas. En el libro Cuando los AK-47 se silenciaron, editado por Timothy C. Brown, Salomón Osorno Coleman, un testigo de la Costa Atlántica escribió sobre la gran diferencia entre las promesas hechas a los indígenas por los sandinistas y lo que en verdad hicieron. El gobierno comunista-marxista “estaba principalmente comprometido con defender los intereses de los principales comandantes del movimiento sandinista y dedicado a promover el interés del comunismo internacional”. “Nosotros huimos (a Honduras) debido a la persecución inflexible a mi gente por parte de la Seguridad del Estado sandinista y su represión a toda la gente indígena de la Mosquitia”.
Cuando los nicaragüenses tuvieron finalmente la oportunidad de votar en 1990, rechazaron a Ortega. Con todo, él no estaba dispuesto a retirarse; en lugar, él prometió a sus seguidores que los sandinistas continuarían gobernando desde las bases. La presidenta Violeta Chamorro ayudó de alguna manera a cumplir esta promesa, dejándole a los sandinistas el control del Ejército, ostensiblemente en aras de cerrar el conflicto. Los comandantes sandinistas también se quedaron con cientos de millones de dólares en propiedades y negocios que habían confiscado para sí mismos. También se les permitió a jueces sandinistas permanecer en las cortes, lo que hizo virtualmente imposible que el Poder Judicial se transformara en uno independiente y orientado a la defensa de los derechos de propiedad.
No obstante, Ortega hubiera podido mantenerse en jaque de no haber sido por la corrupción del PLC. Parece que Alemán, quien subió al poder en 1996, no estaba dispuesto a dejar que los comandantes fueran los únicos que tuvieran toda la diversión. Algunas personas aseguran que para poder competir con los ahora millonarios sandinistas, él necesitaba el dinero. Cualquiera fuera su motivación, los últimos juicios por cargos de corrupción presentados en su contra han descubierto que Alemán desvió millones de dólares de las arcas del Estado y es muy dudoso que varios de sus copartidarios no estuvieran implicados.
En 1999 Alemán forjó un pacto para repartirse el poder con Ortega, mediante el cual ambos obtuvieron asientos en el congreso e inmunidad de procesamiento de por vida. También se dividieron los asientos en el Consejo Supremo Electoral, la Corte Suprema y Contraloría General; luego modificaron la Ley Electoral con el fin de hacerle más difícil a otros partidos ser electos al Congreso. Luego de la reforma, cuando un juez sandinista asumió sus funciones en la Corte Suprema de Justicia, anunció públicamente que estaba en la Corte para defender los intereses de su partido.
Con tanto poder, para no mencionar dinero, en manos de Alemán, es fácil ver por qué la decisión del presidente Enrique Bolaños de enjuiciar a este agigantado jefe político ha sido impopular entre sus seguidores liberales. De hecho, es asombroso que el señor Bolaños fuese capaz de despojar de inmunidad a Alemán y que lograse dos condenas en su contra. Sin embargo Alemán fue a prisión ostentando aún un enorme poder en su partido; de creerle a sus críticos, es porque esta hazaña no es solamente suya. Bolaños también estaba al tanto del poder de los 38 miembros del Congreso aliados a Ortega y los sandinistas en la Corte Suprema.
Esto nos trae al golpe de Estado en curso: los liberales y sandinistas en el Congreso han aprobado, en una primera vuelta, una enmienda a la Constitución que de ser aprobada en una segunda legislatura, le quitará todo el poder al señor Bolaños. La enmienda le otorga nuevos poderes al Congreso no solamente para confirmar sino también la autoridad para despedir a los miembros del gabinete de gobierno y embajadores. La enmienda explícitamente dice que su finalidad es la de elevar al Legislativo sobre el Ejecutivo pero crea en Nicaragua un sistema que no es ni parlamentario ni presidencial. “Ellos están escogiendo lo que quieren de distintos sistemas políticos y creando un monstruo”, dice Eduardo Enríquez, Jefe de Redacción del Diario nicaragüense LA PRENSA.
Tal vez no accidentalmente, la Corte ha dejado sin efecto una de las condenas en contra de Alemán y la otra está aún pendiente, lo que deja a muchos por concluir que Ortega está dejando ir a la corrupción liberal a cambio de apoyo para destruir el Poder Ejecutivo. El desengaño entre el electorado liberal explica el asombrosamente bajo porcentaje de participación del 44 por ciento en las elecciones municipales del mes pasado y el buen desempeño del partido de Ortega.
Ahora Ortega se está sintiendo a sus anchas. Un ejemplo: el señor Bolaños había dicho a Estados Unidos que él destruiría el gran arsenal militar de misiles soviéticos tierra-aire. Pero con el trabajo a medio hacer, el Congreso lo ha detenido, al anunciar que el Ejecutivo no tiene el poder para realizar su promesa. Esta es una buena indicación de a dónde se dirige el país si Ortega, quien no ha sido elegido, puede destruir la oficina del Presidente.
Este artículo fue publicadoen The Wall Street Journal, el 24 de diciembre del 2004.