Iván Marín
De manera simplista podríamos decir que hay dos clases de verdades: la verdad que ilumina el pensamiento y la verdad que calienta el corazón. La primera de estas verdades es la ciencia y la segunda es el arte. Ninguna de ellas es independiente o más importante que la otra. Sin arte, la ciencia sería el cepillo sin filo de un carpintero y el arte sin ciencia sería una masa cruda de expresiones folclóricas.
Un ejemplo claro que denota el vínculo entre ambas disciplinas lo vivió el científico inglés Charles Darwin. En los momentos de soledad y mientras en su mente acontecía el debate sobre sus postulaciones evolutivas, llegó a pensar que estaba transformándose en una máquina, y sintiéndose deprimido, decidió leer poesía y escuchar música.
Alternativamente, las personas tendemos a percibir a la ciencia como productora exclusiva de conocimientos útiles, esto podría ser entendido fundamentalmente por la carencia de fogosidad en la misma.
Con elegancia, el arte está adoptando las señales y símbolos de la visión molecular de la vida. A través de sus imágenes, cuestiona las premisas reduccionistas de las ciencias biológicas contemporáneas y sugiere, por medio de sus expresiones, la incorporación de los aspectos sociales y culturales en las mismas creando de esta manera el puente entre la ciencia y el hombre.
Asimismo, ayuda a ver al ser humano no únicamente como la suma de todas sus partes biológicas sino como un dinámico e interactivo sistema cultural.
A pesar del notorio progreso de la ciencia neurológica por entender el funcionamiento de nuestro cerebro en el caso de la memoria, el lenguaje de compresión y el habla, ésta no ha podido descifrar las bases científicas del talento expresado en la habilidad de los artistas y tejido en sus obras.
Las bases biológicas humanas en la creatividad artística parecen estar subordinadas a un proceso interactivo entre el concepto, el tema, la adquisición del conocimiento, habilidades, medio y evolución del arte mismo. Entender el espacio entre la concepción del arte y la ejecución del mismo, continúa siendo una de las tareas pendientes de la ciencia.
Al intentar desenmarañar dicha complejidad se acuñó el término de intuición estructural que no es más que la relación entre los diferentes y complejos patrones extraídos de la naturaleza y la forma en que operan los elementos de nuestra percepción, cognición y visualización de los mismos.
Una manifestación de esto es la utilización recurrente, en las diferentes formas de la civilización, de motivos decorativos como las formaciones en espiral, diseños de polígonos y simetrías en las expresiones culturales.
Adicionalmente, desde el origen mismo de la humanidad el hombre ha usado el lenguaje de símbolos para representar la relación entre ciencia y arte.
En Nicaragua son muchos los sitios que dan testimonio vivo de tal relación. Así es el caso del arte rupestre de la Serpiente Emplumada en la laguna de Asososca que representa el símbolo de Quetzalcoatl, dios de la ciencia y el sacerdocio en la cultura azteca.
Otro ejemplo, no menos representativo es la amplia cobertura en todos los aspectos de la sociedad, ciencia, arte, arquitectura y televisión de la doble hélice del ADN imprimiéndole un nuevo estatus de icono, considerada por muchos como la Mona Lisa de la ciencia.
En definitiva la relación entre la belleza del arte y la exactitud de la ciencia debemos entenderla como un todo hecho de partes en que cada una es, al mismo tiempo, la parte que es y el todo del que forma parte.
El autor es Licenciado en Bioquímica