Marco A. Mayorga L.
La lucha ideológica, como la hemos conocido, ha dejado de ser. La competencia comunismo vs. capitalismo ha variado. En el mundo moderno ambas corrientes razonan sobre las mismas premisas y realidades. Coinciden en construir la plataforma del progreso. En fortalecer las libertades, la democracia y la institucionalidad. Facilitar el ambiente empresarial y el empleo. Seguir un proyecto de nación y establecer reglas claras para los ciudadanos y empresas.
La diferencia no está en ideologías sino en la capacidad de personas o actores políticos. La pregunta es: ¿ejecuta o no el progreso, la inversión y el empleo? Existen suficientes ejemplos: casi toda Europa, Chile y ahora Brasil y Uruguay. Las extremas ya no son una amenaza para el individuo y las empresas. Las corrientes representan diferentes puntos de vista de desarrollo, considerados por algunos como la alternabilidad del balance de ideas y proyectos. Se ha instituido la ideología del progreso.
El capitalismo y el socialismo han visto la necesidad de reinventarse, cambiar y responder al deseo e interés de los ciudadanos. Los ciudadanos del mundo tienen en común desear un país próspero, trabajo remunerado y confianza a largo plazo. Con este escenario las familias mejoran su educación, ingresos, nivel cultural y nivel de vida.
Las naciones cambian o se estancan en la medida que los principales actores influyen. En el mundo moderno, la torpeza interna de un país repercute de inmediato en los vecinos y la región. Sumando la incapacidad de autosostenerse económicamente, países como Nicaragua, aun son altamente dependientes de variables, presiones y acciones externas.
No existe mayor atraso de un país que continuar con los viejos hábitos y resistirse a aceptar los cambios. Tal parece es el caso de Nicaragua. Tanto los representantes del capitalismo y del comunismo aun encarnan dos alternativas opuestas; una representa amenaza y desconfianza para la otra. Esta política pendular perjudica la imagen y confianza que requieren los ciudadanos. Desconfianza que también alcanza a la inversión y al dinero. La desconfianza aún supera por mucho a la confianza.
Ante esta realidad fabricada por la actual dirigencia política, existe poco espacio de maniobra y gobernabilidad. Se pasa de crisis en crisis y el gobernar utiliza el tiempo, el esfuerzo y dinero en reconstruir lo destruido y en remendar gobernabilidad. Poco o nada de tiempo, esfuerzo y recursos queda para el progreso. Aún no nos percatamos que la ideología del progreso es la sobrevivencia de los políticos.
El autor fue presidente de la Cámara de Comercio de Nicaragua