Mario Saravia Aldana*
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¿Santa un diputado?
Mario Saravia Aldana*
Hace no mucho tiempo, para estas épocas solía escribir una carta al Niño Dios, pidiendo lo que de conformidad con mi edad esperaba iba a ser algo que me llenaría de satisfacción. Hoy en día el hacer regalos en esta fecha sigue siendo una costumbre, a pesar de que el misterio haya dejado en buena medida de ser tal, de no ser por algunos personajes que, sin que les haya escrito, parece que desean fervientemente hacerme y hacernos algunos presentes, pretendiendo adivinar lo que necesitamos.
No, hace muchos años que no le escribo a Santa, así que no termino de comprender la razón por la cual este señor quiere hacer uso de la época de Navidad para decidir cambiar el equilibrio institucional en un ámbito parlamentario donde no he podido participar, ni escuchando razones (puesto que éstas se plantean en el ámbito extraparlamentario o extramuros), ni pudiendo expresarme en dicho foro. No obstante, las decisiones tomadas parecen ser uno de aquellos regalos que no pueden o no quieren ser rechazados, a pesar de que no todos tengamos las mismas razones para aceptarlos, en caso de que así se decidiera.
En ocasiones, creo que Santa desea que sigamos un proceso regresivo y que aceptemos como hechos dados, afirmaciones que en última instancia, sólo nuestro consentimiento, o nuestra majadería (como prefiera llamársele), permitiría que tales afirmaciones tuvieran validez.
Ahora parece ser que Santa quiere cambiar de papel. Trabaja no de conformidad con peticiones, no se sube en trineos y habría que pensar en el tipo de regalos que nos desea hacer. Además, ya no trabaja de noche, no lo necesita. La oscuridad de nuestra apatía e indiferencia ha transformado la magia en un juego de titiriteros. Sin embargo, particularmente no he renunciado a conocer al personaje que antaño solía causarme tantas ilusiones y que ahora pretende ofrecerme gratuitamente un regalo navideño.
Dado que Santa ha anunciado su firme intención de cambiar las instituciones de Nicaragua, al menos le solicito que se deje ver, escuchar y apreciar su discurso para saber si en algún momento ha considerado la posibilidad de que no todos podamos estar de acuerdo con sus planteamientos y que pregunte a sus pretendidos obsequiados si estamos o no de acuerdo con lo que se ofrece.
Nicaragua no es una propiedad privada, y más argumentos se podrían emplear para sostener esta afirmación que los empleados por los que en algún momento estuvieron en contra de dicho tipo de propiedad, así como por los que en algún momento se quejaron de los antiguos señoríos. Nicaragua no debería ser moneda de cambio y el precio a pagar por todos los nicaragüenses estará en seguir navegando por el mar de las lamentaciones si aceptamos como un hecho dado el nuevo orden que se nos pretende establecer de manera inconsulta, tanto por lo que no hemos podido ser ni hacer, como por lo que seremos.
En esta Navidad, antes de aceptar un regalo, preguntémonos antes, el contexto en que nos es ofrecido, la sociedad en que vivimos y lo que será de ella según las decisiones políticas que se desean imponer, no a través del diálogo, sino a través del agotamiento. Ya no somos niños como para aceptar ese tipo de ilusiones, y tenemos que demostrarlo. Es la hora de verle la cara a Santa, que ya no quiere atender nuestras peticiones.
* El autor es jurista.