Ricardo Sánchez Calero
El Secretario General del Frente Sandinista, comandante Daniel Ortega, anunció públicamente en el acto celebrado el 19 de julio de este año, en la Plaza de la Fe, su intención por la implementación en Nicaragua de un sistema de gobierno parlamentario. Un gobierno parlamentario restaría atribuciones al Ejecutivo y trasladaría esta cuota de poder al Parlamento, para desde éste manejar el destino y rumbo de la Nación.
En la realidad de la política nicaragüense el partido con mejor organización como estructura es el Frente Sandinista, lo que les ha permitido mantener un techo de votantes fieles del 35 por ciento aproximadamente del universo de los votos, porcentaje suficiente para reclamar escaños significativos en la Asamblea Nacional, consecuentemente poder de negociación en las decisiones nacionales que sean de su conveniencia e influencia directa en otros poderes del Estado.
Para las elecciones del 2006 con la implantación en Nicaragua de un gobierno parlamentario, los partidos políticos tendrán que apostar más a la lista de candidatos propuestos a diputados nacionales.
Una realidad de gobierno parlamentario sería a mi juicio interpretada de dos maneras. La primera, en el caso de que el Frente Sandinista ganara las elecciones presidenciales. Aunque la Asamblea Nacional tenga plenos poderes sobre las decisiones a tomar en la conducción del país, en este caso específico los diputados sandinistas son leales a los lineamientos del partido y obedientes al mando jerárquico del mismo. Si bien el Poder Ejecutivo es relegado a un segundo plano, las decisiones fundamentales serán tomadas por el Poder Ejecutivo en manos del comandante Daniel Ortega como Presidente de la República, y podrá manejar el rumbo del país en la dirección que él a su juicio estime conveniente, sin encontrar obstáculos en el poder del Estado que con plenos poderes constitucionales podría imponerse.
La segunda posibilidad es si el Frente Sandinista pierde las elecciones presidenciales. Con la división en las filas del Partido Liberal, que es la otra gran fuerza política del país, para poder ganar una contienda electoral tendrá que recurrir a otra gran alianza estratégica, lo que traerá como resultado intereses específicos de las diversas corrientes políticas agrupadas, a la cual sus respectivos diputados tendrán que responder provocando fraccionamiento y poder de minoría en la fuerza opositora al Frente Sandinista, permitiéndole mayor influencia en las decisiones legislativas.
De instaurarse un sistema de gobierno parlamentario en Nicaragua y el Frente Sandinista triunfara en elecciones tanto presidenciales como obteniendo mayor número de representantes en la Asamblea Nacional, estaríamos frente a un sistema Ejecutivo-Parlamentario absolutista y totalitario manejando institucionalmente el país.
La propuesta de gobierno parlamentario planteada por el comandante Ortega es ganar-ganar. Ya sea que no se cambie el sistema de gobierno que rige en la actualidad o que se logre transformar, el Frente Sandinista seguirá influenciando las decisiones tomadas por estos dos poderes del Estado, desde la Presidencia de la República en complicidad con el parlamento o una bancada disciplinada cerrando filas en respaldo a las decisiones de su partido desde la Asamblea Nacional.
El autor es administrador de empresas.