Entre la mediocridad y la perversidad

Hortensia Rivas Zeledón*

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Entre la mediocridad y la perversidad


Hortensia Rivas Zeledón*




Indiscutiblemente que los salvadoreños han tenido mejor suerte que los nicaragüenses, pues aunque ellos también sufrieron una guerra civil que los dividió en dos bandos, produjo éxodo, destrucción de la economía y decenas de miles de mutilados y muertos, sin embargo han tenido un rápido crecimiento tanto económico como político, porque la derecha salvadoreña tiene un presupuesto ideológico y un compromiso con la democracia y cuenta con auténticos líderes que han llegado al poder no para salir de pobres y cambiar de estatus, sino para trabajar por el progreso y la democratización de su país.

Por eso ningún líder salvadoreño se ha fosilizado en el cargo. Por el contrario, una vez cumplido su período se apartan y dan paso a nuevos dirigentes. Esa renovación de liderazgo es lo que les da la vigencia de seguir gobernando.

En cambio en Nicaragua la derecha es, con las honrosas excepciones del caso, mediocre y centavera, carece de ideales y principios, son de los que dicen “Diosito no me des nada sólo ponéme donde hay, de lo demás me encargo yo”. Por eso es que sin ningún pudor defienden la corrupción de Arnoldo Alemán y su camarilla, y se repartieron con los corruptos sandinistas los cargos que aumentaron en el Consejo Supremo Electoral, la Contraloría y la Corte Suprema de Justicia. Y también por eso están en la Convergencia roja y negra, en la que lo único que converge son los intereses personales de cada uno de ellos y prevalece la codicia por los centavos que pueden adquirir.

Frente a esta derecha vacía y corrupta se encuentra la izquierda también corrupta y codiciosa, pero astuta, perversa, fría y calculadora que usa todos los métodos, tácticas y formas posibles para lograr sus objetivos. Todo lo que hace obedece a un plan, nada es espontáneo ni por casualidad, cada acción está ligada a un fin.

Por eso es que con gran habilidad planearon el pacto libero-sandinista en el que se aliaron las cúpulas de los dos partidos más abyectos que haya habido en Nicaragua y a partir de entonces anda mal la justicia, la Contraloría acusa al inocente y encubre a los corruptos y los fraudes electorales están de nuevo a la orden del día.

En medio de estas camarillas mafiosas y sus respectivos capos se encuentran los grupos democráticos luchando por cambiar la situación y revertir el daño causado por la serpiente bicéfala. Para lograrlo es necesario que todas las personas decentes se involucren en esta lucha, se integren a los partidos democráticos y presentarle a la población una opción nueva y diferente que le inspire confianza a los electores, para que el país deje de estar prisionero entre la mediocridad liberal, la perversidad sandinista y la hipocresía cómplice de quienes abogan por los corruptos, sólo porque son sus amigos.

* La autora es directiva del Partido Conservador

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