Alejandro Serrano Caldera
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Jacques Derrida y su revolución intelectual
Alejandro Serrano Caldera
En octubre pasado falleció en París Jacques Derrida, uno de los grandes filósofos del siglo XX. Nacido en Argelia en 1930, al igual que Albert Camus en 1913, fue uno de los pensadores más controversiales y de difícil comprensión, por las innovaciones que introdujo, tanto en la estructura del lenguaje como en las universales categorías del pensamiento, con las que ha trabajado la filosofía y la metafísica a través de su largo y complejo camino.
Conocí a Derrida en París en 1982, me fue presentado por mi maestro Francois Chatelet, él también uno de los más importantes filósofos franceses del siglo pasado. A ambos, junto a filósofos como Jean Pierre Faye y Dominique Lecourt, entre otros, el Presidente de Francia de esa época, Francois Mitterrand, a través del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología que conducía Jean Pierre Chevenement, encargó la formación del Colegio Internacional de Filosofía que nació en 1983.
En algún momento, en 1982, hablé con Leopoldo Zea, el gran filósofo mexicano fallecido en junio de este año, para facilitar un encuentro con Derrida en México, donde ambos concurrimos como miembros de nuestras respectivas delegaciones, al Congreso Mundial de Políticas Culturales auspiciado por la UNESCO.
De igual forma, a solicitud de Derrida, en Río de Janeiro, en ocasión de un Congreso acerca del Pensamiento Latinoamericano, llevé información sobre el Colegio Internacional de Filosofía a Olinto Pegoraro, quien escribió el prólogo de mi libro Filosofía y crisis, publicado en Brasil en su edición portuguesa por la Editorial Voces y al notable pensador, historiador y sociólogo brasileño, Darcy Ribeiro, ya fallecido.
Fueron mis contactos con Derrida los que hoy recuerdo con emoción. Logré verlo alguna que otra vez antes de mi regreso a Nicaragua después del cual perdí toda comunicación personal, no por ello sin dejar de seguir su impresionante trayectoria, iniciada desde años antes, en Japón, Europa del Este, Israel, América Latina, que lo transformó en una de las figuras intelectuales más conocidas mundialmente, sobre todo en Estados Unidos, pues sus cursos en la Universidad de Yale, en donde expuso y desarrolló, desde 1975, su categoría de “deconstrucción”, adquirieron un prestigio planetario.
El concepto de “deconstrucción” de Derrida, si es que no hay que inventar otra forma de designarla, ha marcado la filosofía llamada postmoderna. La influencia de Nietzsche, Freud, Heidegger y la corriente del nihilismo europeo, sobre todo francés y ruso, es visible en las formulaciones filosóficas de sus principales exponentes, entre los que destaca Derrida.
Para esta forma de pensamiento y filosofía, deconstruir es desmontar las categorías legitimadoras del saber, la verdad, el espíritu, la historia, el sujeto, los relatos, los meta relatos y todas las formas de modelos y arquetipos. Es, de cierta manera, asumir que las grandes creaciones de la metafísica y que la imponente arquitectura de los sistemas filosóficos, científicos, teológicos, ideológicos y políticos, son construcciones del lenguaje que pueden ser desmontadas. Para ella, la verdad filosófica y científica queda reducida a un mero artificio constructivista que se desmigaja como un castillo de naipes ante el rigor metodológico de los procesos de deconstrucción.
No obstante, Derrida marca su diferencia con estas formulaciones, y, en entrevista a Le Monde toma distancia del sentido que le confiere Martín Heidegger para quien “deconstrucción” equivale a “destrucción” y del que le atribuye Sigmund Freud que la equipara a “disociación”.
Tanto la “destrucción” de Heidegger, como la “disociación” de Freud, terminan en la disolución del concepto o de la forma que se deconstruye. En cambio para Derrida el sentido de descomponer el todo en sus partes abre múltiples caminos para “analizar las estructuras sedimentadas que forman el elemento discursivo”.
Desmontar en piezas los conceptos, categorías, sistemas, valores, permitiría percibir en cada segmento deconstruido, una gama plural de posibilidades que se pierden en la presentación homogénea, monolítica y unitaria de las cosas y las categorías.
La “deconstrucción” según Derrida, permitiría aproximarse más a la identidad que la visión de la metafísica cuando trata de darnos el ser y la esencia de los sujetos y las cosas. Las preguntas de la filosofía se transforman en él en las preguntas sobre la filosofía. Por eso su filosofía es la crítica más significativa que se haya hecho a la metafísica entendida como ontología o teoría de la esencia del ser y la reacción más contundente a las teorías estructuralistas que ejercían su dominio pleno en los años setenta del siglo XX y que de alguna manera procuran establecer la verdad en las estructuras, las instituciones y los sistemas de conceptos.
Como dice Jean Birnbaum en Le Monde en la edición especial dedicada a Derrida, “la famosa deconstrucción”, quedará en la historia como la revolución intelectual adherida a su nombre y puede ser descrita como una ruda travesía de la tradición metafísica occidental, después de la cual ya jamás volverá a ser la misma”.
Su obra seguirá leyéndose y discutiéndose por mucho tiempo. Quizás para siempre pues la filosofía es otra a partir de él. La voz y el fenómeno, La escritura y la diferencia, De Sócrates a Freud, Del espíritu, Heidegger y la pregunta, entre otros, seguirán siendo un desafío ineludible para tratar de comprender al hombre y al mundo.
* El autor es filósofo nicaragüense