Mercedes Gordillo
Las lágrimas son importantes expresiones de sentimiento, estallidos, sangre del alma las llamó San Agustín. Pueden ser de dolor o felicidad. Variadas emociones desatan torrentes de agua en forma de pequeños ríos, deslizándose en las mejillas. Primero sentimos un fuerte torozón que aprieta la garganta formando una especie de nudo, de pronto brotan las lágrimas de nuestros ojos y como por arte de magia se convierten en universales, no importa la nacionalidad ni la raza, tampoco interesa si uno es chino, europeo o de este continente. ¿Quién no ha llorado alguna vez por la pérdida de un ser querido? La verdad es que nacemos llorando, el niño o la niña exhalan su primer grito doloroso ante la vida.
En algunas sociedades, incluso en la nuestra, las lágrimas naturales, no artificiales, son vistas como signo de poca hombría, algunas personas repiten la frase “Los hombres no lloran o no deben llorar” lo que resulta ser un torpe deseo machista de negarle a los hombres la oportunidad de desahogarse, arrepentirse, demostrar amor y humildad. Un llanto retenido produce daños en el corazón, el cerebro y en la personalidad. La batalla va por dentro, no la dejan salir y explotar, esto podría producir un rostro desolado, nervios destrozados, acaso la misma muerte. En cambio el agüita salada de los ojos puede beneficiar el cutis, según me informó la actriz Bárbara Carrera, la ex Chica Bond, nacida en Nicaragua. Lo más importante es que después de llorar se siente una más ligera de peso, alivianada de una carga.
Las lágrimas son también parte de la vida cotidiana, algunas veces se llora de risa e impotencia ante lo injusto de la vida, la pobreza y aún la riqueza, porque de qué sirven los reales si no se puede salvar una vida muy querida.
Todos lloramos, el pobre, el rico, los artistas, músicos, poetas y escritores, incluso los payasos. También los animales. ¿Se han fijado en las tortugas que salen del mar a desovar en la arena seca? Gruesas lágrimas resbalan en su cara de piel rugosa, no sabemos si son causadas por dolor físico o por el futuro de sus hijos. Una escena de un perro, un lobo o un coyote aullando ante la luna llena con el hocico alzado, produce escalofríos.
Las guitarras también lloran: “cuando se escucha el llanto de la guitarra, se rompen las copas de la madrugada”… escribió Federico García Lorca.
He visto a personas muy sensibles llorar por lejanas memorias tristes o felices, un aroma es capaz de hacer lagrimear, acaso por un amor perdido. Con música del recuerdo salen lagrimones y suspiros.
Pobre nuestro poeta que quiso llorar y no pudo y a veces “lloraba sin querer”. Mi abuela materna lloró toda su larga vida un llanto interminable de amor truncado, viuda a los 27 años. María Magdalena, la del Evangelio, tiene fama de llorar y llorar, ahora es una Santa. Abderramán “lloró como mujer lo que no pudo defender como hombre”, se lo dijo su propia madre.
También es verdad que existe la hipocresía, esas lágrimas de cocodrilo son falsas y burlonas aseguran los biólogos. Aquí entre nosotras, mis compañeras de sexo, he podido observar que una sola lágrima femenina y sincera derrite fieros orgullos masculinos y nosotras que nos queremos tanto, somos capaces de perdonar a un pobre arrepentido que nos llora en el oído. Porque el perdón puede estar íntimamente ligado con las lágrimas. No sé de dónde viene el dicho nicaragüense: llorar a moco tendido, pero la risa con carcajadas lleva a verter lágrimas felices. “Ay de mi llorona, llorona”…, canta Chabela Vargas.
Para terminar esta breve reflexión lagrimosa recordemos una bienaventuranza: “bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”, o sea, recibirán amor profundo. No lloremos por Nicaragua, tengamos fe, esperanza y mucha caridad.
La autora es escritora nicaragüense.