Lo controversial del género

Carlos Cardenal M.

Se siente como una oleada a todo nivel la polémica de género, de parte de elementos del sexo femenino que pretenden una reivindicación para el disminuido y discriminado trato que a través de la historia han recibido por parte de ese rasgo masculino que se denomina “machismo”.

En lo personal siento una displicencia cuando tengo que oír y leer la inclusión del femenino, como elemento gramatical, en una alocución o en forma escrita, cuando ya está sobreentendido. Antes estudiábamos en la gramática que el masculino en muchos casos lleva incluido la esencia del género femenino, como en el caso del “hombre” el “niño”, el “estudiante”, etc. Ahora hay que anteponer el artículo o el adjetivo femenino al sustantivo femenino, por aquello de la concordancia y sobre todo para obviar el “toque de género” que no acabo de incorporar a mi problemática existencial. El colmo es que ahora se pone una @ para significar ambos sexos, por no hablar de un género unisex.

Confieso que soy de la vieja academia y debo ser en algún grado “machista”, tal vez no por voluntad propia sino por mi entorno y educación. Antes vivíamos muy segregados los hombres de las mujeres y relacionarnos con ellas no era tarea fácil. Se suponía, en mi ámbito colegial, que las mujeres eran los extremos en la escala moral del bien y el mal, las vírgenes y las prostitutas, amén de las diferencias culturales entre hombres y mujeres acentuadas por la brecha de la educación, que hacían de nuestra sociedad un ente dicotomizado, entre dos especies casi extrañas entre sí. Lejos estábamos de la equidad y de la igualdad que hoy pretendemos.

Las cosas han cambiado, pero tal vez de un modo exageradamente “reivindicativo”, imprimiéndole la mujer al concepto de género ese carácter que ellas claramente repudian y que es el machismo con cara de mujer. Después de todo ellas han cultivado sin quererlo o conscientemente el machismo en el hombre, con una serie de aprobaciones y hasta aplausos de esa conducta ancestral, del hombre como el ser “fuerte” y “superior” de la sociedad. Los ejemplos sobran: los hombres no lloran.

Nada menos Simone de Beauvoir, la famosa escritora francesa, en su libro, El segundo sexo, se refiere a la mujer como el segundo sexo, adjudicándole una cantidad de patrones de comportamiento que adoptan ellas y que las coloca en ese secundario rango existencial. Entre otras cosas esta escritora sostiene que las mujeres pierden su identidad física todas las mañanas al salir “disfrazadas” a la calle, con un montón de menjunjes en la cara, convirtiéndose en personas distintas de lo que en realidad son. En otras palabras las mujeres dejan de ser ellas. El caso de los hombres es que se presentan como son, no pierden su identidad esencial.

No niego que las mujeres han sido discriminadas, segregadas y en nuestros días violentadas en forma repudiable. El machismo perverso se ha cebado hasta en las criaturas de pocos años de edad. Todo ello revelador de patrones de conducta totalmente alejados de consideraciones éticas y alentados por una ausencia de castigos ejemplares, que desgraciadamente no contempla nuestra legislación.

Agreguemos que el ejemplo de alguno de nuestros líderes políticos ha sido devastador, dando rienda suelta a desmanes aberrantes contra la mujer, indignos de estadista o de cualquier ciudadano que se precie de ostentar un mínimo de decencia. Ejemplos de esa índole, incitan a otros ciudadanos a cometer similares delitos, llevando a la sociedad al borde del caos moral, o lo que es lo mismo, a la extinción de los pocos valores que nos quedan.

Pero el tema original del género, que estamos respirando en cada esquina de nuestro quehacer social, hoy en día, como elemento reivindicativo de derechos y obligaciones de la mujer, debe ser actuado con mayor feminidad en el buen sentido de la palabra, sin perder firmeza pero sin agregar hostilidad hacia el sexo opuesto. A veces me luce que las más ardorosas defensoras de los derechos de la mujer (feministas) no son precisamente las más femeninas y esto nos hace pensar que pese a todo mantenemos una confrontación de sexos que es precisamente lo que queremos superar.

Además de un tratamiento igualitario para las mujeres, debemos desear que ellas sean siempre el centro de atención, respeto y una poderosa atracción para los hombres, de manera que podamos relacionarnos con un amor más humano que zoológico, creando una sociedad más justa, al menos en el tema de género.

El autor es miembro del Foro Educativo Eduquemos.

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