Vulgaridad: una plaga que se extiende

Pablo Sanabria

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”.José Ortega y Gasset
(La rebelión de las masas)

Las palabras de Ortega y Gasset, arriba citadas, tienen una alarmante actualidad entre nosotros los nicaragüenses. En efecto, hoy día, por donde uno vaya se va a encontrar con la vulgaridad en sus más variadas manifestaciones. En el bus, el taxi, el trabajo, la escuela, la universidad, el vecindario, los vulgares son como una plaga que nos hace más penosa la convivencia y la existencia misma. La vulgaridad no distingue clases sociales. No es que éste, por ser pobre, tiene que ser vulgar y aquél por ser rico no puede serlo. No. Los vulgares —parafraseando a Ortega y Gasset— no son una clase social sino una clase de persona, y ésta se encuentra en los barrios como también en las colonias y residenciales.

Dígame si no es cierto. Usted entra a una oficina pública o privada, dice “buenos días” (“buenas tardes”, “buenas noches”) y ¿cuántos le contestan? Una dama entra a un bus y ¿hay varones que se levantan para cederle su asiento? Esto no ocurre incluso cuando se trata de una mujer embarazada o de una anciana.

La caballerosidad es un concepto perdido, y lo más lamentable de todo es que algunas damas se han acostumbrado tanto a que las traten mal que cuando uno tiene para con ellas alguna deferencia, se molestan o lo ven como raro. Ceder el paso a otro conductor, permanecer de pie ante una visita, hablar en voz baja, respetar el descanso de los vecinos, ofrecer disculpas, decir gracias, utilizar vocabulario apropiado, especialmente delante de los niños, son cosas que ya muy pocos hacen.

En el vecindario hay personas que ponen su equipo de sonido a todo volumen a las seis de la mañana o a las diez de la noche sin importarles que sus vecinos estén dormidos o tratando de conciliar el sueño. Peor que eso, hoy está de moda hacer fiestas o celebrar graduaciones, cumpleaños, etc. utilizando las llamadas “discomóvil” que hacen vibrar las paredes de las casas y uno se pregunta, ¿cómo es posible que esa gente no sienta vergüenza ante uno a la mañana siguiente? ¿No hay alguna ley a la que se pueda apelar? ¿No debería uno como ciudadano tener el derecho de llamar a la Policía para que obligue a este tipo de personas a respetar el descanso de los demás?

Vamos al cine y allí también están los vulgares. La persona sentada atrás nos empuja constantemente la espalda con sus rodillas, sube sus zapatos sobre el asiento que está a nuestro lado o conversa en voz alta. Un grupo de adolescentes hace chistes y se ríe a carcajadas mientras alguien les calla desde el fondo. Un caballero sentado a nuestro lado se levanta cada quince minutos y nos pasa restregando sus rodillas sin pedir disculpas. ¿Cuándo vamos a volver a ser gente?

El otro día, un vecinito de siete años llegó a la casa a jugar con mi hijo y su lenguaje me dejó estupefacto. Muchos adultos justifican su vocabulario vulgar aduciendo que así es como hablan los nicaragüenses, pero yo creo que antes de hacer apología de la vulgaridad deberíamos de contribuir si no a eliminarla, por lo menos a reducirla.

Es necesario rescatar las buenas costumbres que nos enseñaron los abuelos y bisabuelos. Hay que comenzar por nosotros mismos y nuestro círculo familiar y social inmediato. Debemos resistirnos a que los vulgares afirmen su derecho a la vulgaridad y la impongan dondequiera.

El autor es Abogado y Notario, máster en Divinidad.

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