El PLC debe madurar

Pedro Joaquín Solís Matus

El revés electoral del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) en las elecciones municipales del 2004 era predecible y a muy pocos tomó por sorpresa, aunque nunca calculamos resultados tan adversos. Asombra, sin embargo, que los directivos de este partido, en vez de indagar las causas reales de la debacle, responsabilicen de ésta al sandinismo, a triquiñuelas con el padrón electoral (el “ratón loco”) y a otros hechos por el estilo.

Esas explicaciones no son más que pretextos que encubren debilidades que el PLC se resiste a enfrentar y remediar de inmediato, corriéndose así el riesgo de precipitar al país a un abismo político del que será difícil salir. Entonces, ¿qué podría hacer el PLC para recuperar el gigantesco espacio perdido?

De previo reconocer que en realidad hubo un desastre electoral y que las causas de este contratiempo no están fuera sino a lo interno del partido. El PLC no fue el responsable de esta debacle, pero la facilitó al no satisfacer las expectativas y necesidades de sus votantes y del resto de nicaragüenses. Gobernar Nicaragua en una época tormentosa como la actual, exige ir más allá de ocupar las sinecuras y olvidar los deberes con el país y la población una vez que se toma posesión de los cargos.

Aunque buena parte de los electores del PLC no abordan la corrupción como un problema dentro del partido, los abstencionistas sí lo han hecho y se quejan de “la corrupción de los políticos”. Por tanto sería saludable romper con todo lo que lo vincule a la corrupción y mirando hacia el futuro hasta le convendría adoptar como lema el refrán ruso que reza: “El hombre que hace su fortuna en un año, debería ser ahorcado doce meses antes”. La necesidad de erradicar este cáncer no la ha inventado el Ejecutivo, sino que es una exigencia de los gobiernos industrializados, de los países cooperantes y un imperativo de cualquier país latinoamericano saqueado por sus gobernantes. El PLC debe enrumbarse por el camino de la honestidad e integridad en sus políticas públicas y partidarias. Gobernar por el pueblo y para el pueblo para reducir el desempleo, el hambre, dignificar los salarios de los maestros, conceder pensiones dignas a los ancianos, etc, y satisfacer tantas otras necesidades de la población.

El segundo gran enemigo a vencer es el narcisismo político, la megalomanía y carencia de realismo político que lo alejan de establecer alianzas sólidas, amplias, flexibles con otras fuerzas democráticas. Las últimas elecciones y los conteos siempre apretados de las anteriores demuestran que ningún partido democrático conquistará por sí sólo el poder político. Esto es ya una verdad de perogrullo constantemente ignorada. Las alianzas deben ser reales, esto es, darse con organizaciones que aporten una masa significativa de votantes y no con cúpulas u organizaciones utilizadas para aparentar que hay alianzas.

El PLC y otros partidos democráticos no deben tenerse como enemigos capitales y compartiendo vicios y debilidades similares, éstos últimos no deberían exigir al PLC la pureza y pulcritud política de la que ellos carecen. Cuando Apre u otro partido señalan con el dedo al PLC, hay cuatro dedos que los señalan a ellos. Cada partido democrático o alianza —Conservador, Apre o como se llame— no son más que formas distintas pero nunca antagónicas e irreconciliables de interpretar y conducir la democracia.

El PLC debe modernizar sus criterios de selección de candidatos, sin imponerlos ni montar convenciones en que se excluyan a ciudadanos que pueden ejercer un liderazgo efectivo. Los electores por temor a un retorno del totalitarismo no votarán indefinidamente por candidatos carentes de idoneidad moral e intelectual. La creencia de que cualquier candidato que el PLC designe gana la elección es inaudito y trasnochado y sólo revela arrogancia y carencia de sentido histórico.

Después de la encerrona posterior a las elecciones todo apunta a que el PLC subestimará lo sucedido y para las elecciones generales del 2006 calcula que contará con los votos de los abstencionistas, de sus posibles aliados y de los demócratas liberales, votantes todos que aterrorizados por el arrollador triunfo sandinista votaríamos masivamente por el PLC. Espero entonces que no se haga realidad el refrán que enseña: “Los dioses ciegan a aquellos que quieren perder”.

La historia relata que algunos monarcas de lejanas épocas se despojaban de sus insignias reales y por las noches se mezclaban con el pueblo a escuchar lo que éste pensaba de ellos. Como nuestros políticos no siguen esta regla de buen gobierno y ni las cruentas revoluciones socialistas ni las derrotas electorales ni la cárcel les hacen escarmentar y aprender las lecciones de la historia, no está de más que los gobernados opinemos sobre estos asuntos esperanzados en que alguna buena idea llegue a sus oídos impenetrables.

La “maquinaria roja”, el partido de la “tajona” debe reflexionar seriamente sobre lo sucedido y tomar medidas de urgencia en beneficio de la democracia y de Nicaragua y no sólo de los ilustres próceres del partido. Si maquinarias políticas todopoderosas como la del PLN de los 70 y la del sandinismo en los 80 fueron derrotadas estrepitosamente por no vencer oportunamente sus abusos y vicios, ¿por qué no podría sucederle lo mismo al liberalismo y PLC de los 90, arrastrando con ello a la incipiente democracia?

El autor es abogado y notario.

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