Los balidos de las ovejas y la brisa forman parte de un día común en Auhya Pihni, por cuyos senderos de grava blanca se palpa la pobreza, pero también se siente la tranquilidad y amabilidad de su gente.

Pueblos miskitos compiten en puesto del olvido

No hay luz y por ende la televisión es todavía un sueño. Tampoco hay centro de salud y obviamente ningún médico llega ni de visita. Así viven las comunidades miskitas de Kururia y Auhya Pihni, que compiten con otros rincones del país por el puesto de los más pobres y olvidados. Pese a todas las […]

  • No hay luz y por ende la televisión es todavía un sueño. Tampoco hay centro de salud y obviamente ningún médico llega ni de visita. Así viven las comunidades miskitas de Kururia y Auhya Pihni, que compiten con otros rincones del país por el puesto de los más pobres y olvidados. Pese a todas las adversidades, en estas pintorescas poblaciones de la Nicaragua profunda,la gente vive feliz y orgullosa de su libertad

Johnny Cajina Guillén

La apacible comunidad miskita de Kururia no aparece en los mapas de Nicaragua. Asentados en un claro rodeado de un inmenso bosque de pinos, los cerca de 800 habitantes que la componen ven pasar la vida sin sobresaltos.

Al igual que en casi todas las 360 comunidades indígenas que habitan la vasta Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), en Kururia hace falta todo.

Está situada a tan sólo 18 kilómetros al suroeste de Waspam, la cabecera del municipio del mismo nombre, pero hasta aquí no llega ni un solo vehículo de transporte colectivo.

“Cuando alguien está enfermo, lo llevamos a tuto en hamaca, cuatro horas de camino hasta Waspam”, cuenta en español rebuscado Fabio Joaquín Barreto Bolaños, un hombre sencillo de piel oscura, padre de una prole de nueve muchachos y que ha vivido sus 38 años en este lugar.

“Yo tengo parientes en Managua. Soy pariente de Bolaños (el presidente de la República), aunque él no lo sabe”, dice el lugareño, mientras se cubre el rostro con sus toscas manos campesinas y deja ir una sarcástica carcajada.

Quizá Barreto sea uno de los descendientes de Pedro y Enicón Barreto, dos de los seis migrantes mestizos oriundos del Pacífico que en 1960 fundaron Kururia y que cinco años más tarde se entremezclaron con unas 30 familias miskitas que llegaron de las comunidades de Ulwas y Saupuka, en busca de tierras aptas para el cultivo.

DETENIDOS EN EL TIEMPO

No obstante, tras 44 años, Kururia aparenta ser la misma comunidad perdida en la gran llanura tupida de pinos, donde la vida, que empieza con la luz del día y acaba apenas el sol se oculta, parece transcurrir más pausadamente.

Aquí, la electricidad y sus modernas bondades aún no llegan. Pocos son los vecinos que escuchan radio y para los niños la televisión es cuestión de sueños.

Hasta hace menos de un año, apenas 15 de las 99 modestas casas de pivotes, madera, techadas con zinc y palma de la comunidad poseían letrinas. Y pese a que el nombre de Kururia significa “chorro o caída de agua” en lengua castellana, tan sólo existían cinco pequeños pozos.

“En verano los pozos se secaban y teníamos que caminar una hora para conseguir agua”, cuenta Barreto.

Hoy, todas las casas tienen letrina y ya los lugareños cuentan con diez nuevos pozos comunales construidos por el Fondo de Inversión Social de Emergencia (FISE) con dinero del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), institución que otorgó similar financiamiento a la Corte Suprema de Justicia (CSJ) para la edificación de un centro de mediación de justicia que recibió el nombre miskito Laman Laka (La Paz).

“Sonto sonto sonto vanina dipi dipi dipi”, reza el canto que a modo de traba lengua salía de la garganta de Barreto, la tarde que se inauguró el centro de mediación de justicia, mientras a su lado un pequeño sudaba la “gota gorda” para sacar de una desvencijada guitarra el ritmo propio de las canciones miskitas que eran bailadas con entusiasmo por otros niños.

“El canción no tiene nombre y el canción no puedo traducir”, explica Barreto, aunque advierte que se trata de una canción de pascuas que forma parte de la cultura tradicional miskita. “Es para que los niños de la comunidad se alegren”, dice.

AUTOCONSUMO ANCESTRAL

“Aquí vivimos de la montaña. Sembramos yuca, frijoles, bananos, malanga, quiquisque, maíz y arroz. Vivimos de eso. No le vendemos a nadie, pero cuando la cosecha es mejor vendemos puñitos en Waspam. No podemos llevar mucho porque el camino es lejos y no tenemos vehículo”, añade.

“¡Es que son ocho horas, ida y vuelta caminando!”, exclama otro hombre que se suma repentinamente a la plática junto con un grupo de lugareños. Todos ellos practican la agricultura de autoconsumo al mejor estilo de vida de sus ancestros indígenas.

“Los hombres sembramos y las mujeres trabajan a la par del hombre limpiando los granos”, explica Carlos Flores, quien a sus 31 años tiene seis hijos a cuestas.

“Que las mujeres empiecen a parir desde jóvenes es lo más normal. Aquí hay gente que tiene hasta doce hijos”, expresa Flores sin advertir nuestro asombro.

Según los lugareños, a Kururia nunca ha llegado nadie para hablarles de planificación familiar. Tampoco existe un puesto de salud, mucho menos un médico o una enfermera designados por el Ministerio de Salud.

La escuela de tres aulas que brinda educación multigrado de primaria está cayéndose y por ahora no hay alumnos suficientes para que inicie el quinto y sexto grado. “Nos sentimos abandonados y marginados”, expresan al unísono los lugareños.

LA DEMOCRACIA MISKITA

A la conversación no se une una sola mujer. “Así somos los miskitos”, opina un lugareño; “aquí los hombres son los que mandan”, dice otro.

Pese a esta última afirmación de tintes machistas y aires dictatoriales, en la práctica la cultura miskita ejerce una mayor democracia, que se caracteriza por impartir una particular justicia consuetudinaria y además toma en cuenta la voz y el voto de cada uno de sus miembros, incluyendo aquí a las mujeres.

Cada comunidad cuenta con un wihta o juez que se encarga de resolver o mediar en los conflictos internos de los comunitarios.

Sin embargo, pese a ser la máxima figura en el orden interno, las decisiones mayores que atañen a todos son tomadas en consenso por la asamblea comunal, explica Edda Romero, socióloga con mención en Autonomía, que cursa actualmente una maestría en antropología social en la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe de Nicaragua (Uraccan).

“Los wihta son electos cada año. Permanecen en el cargo siempre y cuando trabajen bien para la comunidad, e incluso se abstienen de impartir justicia cuando están comprometidos en el caso”, revela Romero.

“En la resolución de los conflictos, primeramente el wihta toma el caso, lo investiga y lo pasa al Consejo de Ancianos. En caso de no poder solucionar el conflicto en esta instancia, se llama a los demás líderes y juntos buscan una solución no definitiva”, dice.

JERARQUÍA COMUNITARIA

“Luego hacen una reunión comunal para exponer el caso, escuchar sugerencias y tomar decisiones conjuntas, que son tomadas en cuenta por el wihta para hacer cumplir cualquier mandato”, dice la socióloga oriunda de Santa Fe de Río Coco y conocedora por herencia de la organización comunitaria miskita.

Al wihta (wista) o juez, la máxima figura comunitaria, le sigue en orden el sabio Consejo de Ancianos, así como el pastor de la iglesia morava, persona muy influyente a la que se considera padre espiritual de la comunidad.

No menos importante son las voces tanto del síndico —la persona encargada de velar por los problemas de propiedad y territorio—, como de La Grande, principal partera de la comunidad y experimentada ginecóloga empírica, encomendada para asistir de forma integral a todas las parturientas.

Los miskitos también otorgan un gran valor a las opiniones del maestro y el coordinador. Sin embargo, en algunas comunidades persisten las figuras del sukia y el curandero, encargados de los males que aquejan al espíritu y al cuerpo, personajes que se han ido extraviando en el tiempo debido a la influencia religiosa morava.

OTROS TIENEN MÁS SUERTE

A muchos kilómetros de Kururia se encuentra Auhya Pihni, una comunidad miskita de pequeñas y bonitas casas de madera sobre zancos, situada en el límite municipal norte de Puerto Cabezas, con una población de aproximadamente mil personas.

El abandono en Auhya Pihni es menos evidente que en Kururia. Al recién construido centro de mediación Kupia Kumi (Un solo corazón), abierto recientemente por la CSJ, se suma una clínica en excelentes condiciones, construida hace cinco años por la Alcaldía de Puerto Cabezas y la propia comunidad, con apoyo financiero del Programa RAAN-Asdi-RAAS, de la cooperación sueca, que ahora cuenta incluso con paneles solares para el suministro de energía eléctrica.

Norma Benjamín García, de 37 años, es una autóctona enfermera auxiliar que se encarga de brindar la atención sanitaria en Auhya Pihni desde 1988.

Las enfermedades diarreicas, respiratorias y de la piel son los principales problemas que atacan a los lugareños, afirma Norma, quien por fortuna cuenta con el apoyo de un médico que vive en la vecina Santa Marta, localidad distante a varios cientos de metros y hacia donde remite a los pocos pacientes que presentan alguna gravedad.

No obstante, aparentemente Auhya Pihni o Arena Blanca en castellano, es un lugar donde todos están sanos. El pequeño y pintoresco cementerio local que está inmerso en un pequeño bosque de pinos, apenas aumentó en seis el número de tumbas en lo que va del año.

“Todos los muertos eran por enfermedades naturales”, dice en español pausado y eventualmente incomprensible, Juan Martínez Kiappa, el pastor de la Iglesia Morava. Los muertos son tan pocos que casi recuerda la fecha exacta y la razón del deceso de todos.

“Auhya Pihni es un pueblo unido y trabajador. Los jóvenes se divierten sanamente. No usan drogas, no hay violencia. Fabrican ellos mismos la chicha de maíz o caña. Existen problemas pero son pequeños como el robo de gallinas o cerdos”, entona Martínez con tono de benévolo patriarca.

“Pero también tenemos mucha pobreza y poco trabajo”, añade Martínez, quien reprocha el abandono histórico de todos los gobiernos.

Pese a las dificultades, el ánimo del pastor Martínez, como el de cualquier otro miskito, se mantiene incólume. “Nosotros tenemos tierra libre cualquier día, cualquier hora. Libre para aprovechar nuestros recursos, libre para vivir y sobre todo —dice Martínez— libre para ser felices”.

CIFRAS CARIBEÑAS

La Costa Caribe de Nicaragua ocupa 66 mil de los 131 mil kilómetros cuadrados que conforman el territorio nacional. Es decir, el 56 por ciento del área total de la nación.

Según el último censo nacional de población (1995), las dos regiones autónomas que dividen ese territorio, constituyen la segunda área territorial más poblada del país, con el 10,7 por ciento de la población total, sólo por debajo de Managua, donde vive el 25 por ciento de los nicaragüenses.

Se calcula que la región alberga a cerca de 600 mil personas, sin embargo su densidad poblacional es la más baja de Nicaragua.

Un 72 por ciento de los pobladores son mestizos, un 18 por ciento miskitos, 7 por ciento son creoles o negros, 2 por ciento mayagnas, 0,6 por ciento garífunas y 0,4 por ciento son ramas.

En la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN) se estima que habitan alrededor de 265 mil personas, de las cuales cerca de 190 mil están asentadas en 360 comunidades indígenas.

La región caribeña posee los más preciados recursos naturales de Nicaragua, sin embargo, un 80 por ciento de su población está empobrecida y olvidada.

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