Fotos y texto: François Gribi
Al principio fue un asombro: por un lado la adoración, la devoción delante del personaje —la Virgen María— en celebración de su Concepción (Inmaculada, por supuesto), y por el otro, el machismo profundo frente a sus “hermanas” que son las mujeres nicaragüenses.
El ruido era estruendoso, como en todas las fiestas, la música hasta el máximo y la pólvora estallando, como si su objetivo era evitar cada posibilidad de escuchar o de conversar.
En el centro de la ciudad había altares con vírgenes electrificadas y plastificadas, mientras que en los barrios pobres los altares fueron realizados con materiales baratos y encontrados, iluminados con velas y decorados con flores del campo.
Entre más se aleja uno del centro de la ciudad, más desaparecen las verjas delante de las casas. Y ellos, los que menos tienen, más querían compartir.