Hespérides

Luis Sánchez Sancho

¿Quién no ha leído u oído hablar alguna vez del Jardín de las Hespérides?

El Jardín de las Hespérides era un maravilloso lugar donde crecían árboles que producían manzanas de oro y Ambrosía, que era el alimento de los dioses. Allí también, el Néctar con el que se embriagaban las divinidades del Olimpo corría como el agua en los arroyos.

Todo era perfecto y feliz en el Jardín de las Hespérides. Por eso era cuidado celosamente por un gigantesco dragón, cuyo nombre era Ladón, que tenía siete cabezas (en una de las múltiples versiones de la leyenda del Jardín de las Hespérides a Ladón se le atribuyen hasta cien cabezas).

Se le llamaba Jardín de las Hespérides porque allí vivían las siete hermosísimas ninfas (Alcione, Celeno, Taigete, Esteropea, Electra, Meropea y Maya), que eran las hijas del titán Atlante y la estrella vespertina Héspero (a la que mencioné la semana pasada en el artículo sobre Aurora).

Las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides despertaban la codicia de todos, héroes y mortales, pero quienes se atrevían a querer apropiarse de ellas eran liquidados por el fiero Ladón. Sólo Heracles —llamado Hércules en la mitología romana y por eso más conocido con este nombre— fue capaz de realizar la hazaña de matar al monstruo y robarse las manzanas de oro.

Sin embargo otra leyenda sobre el mítico Jardín de las Hespérides dice que fue Atlante, el padre de las Hespérides —quien después de la victoria que obtuvo Zeus en la batalla por el dominio del Olimpo fue condenado a sostener la Tierra sobre sus hombros—, el que neutralizó al dragón que él mismo había encargado de cuidar el fabuloso Jardín, y entregó las manzanas de oro a Heracles.

Según esta versión, Heracles estaba obligado a apropiarse de las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, pero temía enfrentarse al feroz e invencible dragón de múltiples cabezas. De manera que fue a donde Atlante se encontraba sosteniendo la Tierra y lo convenció de que le mostrara las manzanas de oro. Aceptó Atlante y encargó a Heracles que sostuviera la carga de la Tierra mientras iba al Jardín de las Hespérides a traer las áureas frutas.

Al regresar Atlante donde había dejado a Heracles sosteniendo la Tierra, éste le pidió que le permitiera acariciar las fabulosas manzanas de oro, y que sostuviera para mientras la pesada carga. Y así, cuando Atlante volvió a colocar sobre sus poderosos hombros la carga de la Tierra, Heracles se marchó llevándose las manzanas y burlándose del titán.

Los antiguos griegos ubicaban el país de las Hespérides en el extremo occidental del mundo, al final del río Océano, muy cerca del monte Atlas, y por eso Hesíodo las llama “Hijas de la Noche”. Actualmente hay quienes aseguran (por ejemplo, el español J. A. Pérez Rioja) que el Jardín de las Hespérides estaría ubicado en una de las islas del Atlántico Occidental, posiblemente las Canarias, o las Azores, o Cabo Verde. Pero, igual que con respecto a la mítica Atlántida, la supuesta ubicación del Jardín de las Hespérides nunca se ha podido comprobar.

Todas las Hespérides se casaron con dioses y héroes y tuvieron muchas hijas e hijos, que son algunas de las innumerables estrellas que brillan en el cielo. Ellas mismas, las Hespérides, al ser perseguidas tenazmente por el mítico cazador Orión que quería hacer el amor con cada una de ellas, para que escaparan del acoso sexual fueron convertidas por su madre Héspero en hermosísimas estrellas y colocadas en el firmamento con el nombre de Pléyades, donde siguen siendo deseadas por Orión pero sin que pueda jamás acercarse a ellas.

Las Hespérides, convertidas en las estelares Pléyades (que se les llama así porque también se dice que son hijas de Pléyone), son conocidas igualmente como las Siete Cabritas y las Siete Hermanas.

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