Estrategia de la supremacía

Orlando López Selva

Estados Unidos y una fuerza de coalición, en la que predominan británicos y australianos, ya tienen más de un año de haber llegado a Irak. Fue depuesto Saddan Hussein (todos aplaudimos esto). Hay un gobierno que funciona, con imperfecciones, muy a pesar de las secuelas terroristas nacionalistas de los seguidores de Hussein y el islamismo extremo.

Con anterioridad, Washington se había ocupado de Afganistán para dirigir toda su artillería contra Osama Bin Laden. Pero no lo han podido capturar y sigue amenazando con sus vídeos y decapitaciones dantescas, en los cuales incita a una lucha a muerte contra los “infieles”. Ahora entró Irán en el juego con sus deseos de utilizar mucho uranio para generarse “energía nuclear”. Desde hace algún tiempo Corea del Norte juega a ser el “chico malcriado” amenazando con sus cohetes de mediano alcance al Japón o Alaska. Todo esto tiene preocupados a los halcones del Pentágono y a algunos funcionarios del Departamento de Estado y el Capitolio. Y tienen mucha razón.

Pero las acciones de Estados Unidos siempre siguen siendo unilaterales, de diplomacia corta y amenazante y de carácter punitivo. Y cuando falla el Departamento de Estado, suplanta el Pentágono con todo su arsenal tecnológico y devastador. Así, Washington sigue teniendo soldados en Corea del Sur, Irak, Afganistán (los más recientes y muy controversiales), y ahora parece inminente un despliegue contra el régimen shiita en Teherán, si no desisten de sus programas nucleares, dizque pacíficos.

Y aunque Washington tenga toda la razón de reaccionar así, luego de los ataques del 11 de septiembre hay que revisar sus estrategias. Además, la estrategia de la supremacía de Washington, sigue cometiendo algunos errores de simple observación.

En primer lugar, Washington sigue desistiendo de la ONU. Y sólo parece servirle en principio para ir a hacer la mueca: “aquí venimos con un plan para que nos lo aprueben en el Consejo de Seguridad. Y si no les gusta, invadimos el mundo junto a nuestros anglófonos aliados”.

En segundo lugar, parece muy evidente que el Medio Oriente es el factor común, y por el petróleo sí vale la pena cualquier intervención. Ello, en un momento determinado, va a tener efectos contraproducentes, porque se va a ver, incluso desde perspectivas de la derecha, que la guerra, en mucho, es un negocio para ganar votos, para conseguir petróleo barato, y para mantener la supremacía en un mundo unipolar, militarmente hablando.

En tercer lugar, ¿por qué sólo los amigos pueden y deben tener armas nucleares? El caso de Pakistán es evidente. Washington antes se oponía a los ensayos nucleares de los paquistaníes, pero desde que el presidente golpista, el general Pervez Musharraf, se ha prestado para combatir a Al Qaeda (y lo ha hecho bien, a pesar de los nacionalismos y el fervor musulmán), ya no se le critica. Hoy es un aliado. Mucho menos que se cuestione su pasado golpista.

El problema grave es la tendencia errática a creer que todos los problemas se solucionan con armas. Es cierto que a los terroristas hay que enfrentarlos con mano dura. Pero, ¿se acabará con el terrorismo haciendo guerras que matan a tantos civiles inocentes y que después todo repercutirá en más odios y resentimientos contra los norteamericanos y todo lo que huela a occidental?

No creo que todos los musulmanes sean revoltosos o no sean capaces de aceptar los preceptos democráticos. No. Quiero ver las cosas al revés: ¿qué ha hecho Washington para lucir menos militarista o tratar de entender mejor las culturales árabes o medios orientales? Y esto lo he creído mucho antes de los repudiables ataques terroristas del 11 de septiembre.

Hace poco un analista del Departamento de Estado se preguntaba: ¿Por qué los iraníes siguen rechazándonos si nosotros hemos restaurado la democracia en Irak, les estamos construyendo carreteras, hospitales, escuelas? A esta interrogante, el analista internacional Fareed Zakaria contestó así: “La reconstrucción de una nación finalmente tiene éxito o fracasa, no sobre la base de la ingeniería, sino de la política”.

Esto me permite una premisa: si la política es un asunto humano, entonces tiene que ver con los valores, los sentimientos, las emociones, de las gentes. No se puede construir un mundo mejor si la razón no llega donde la gente mejor recibe o acoge los mensajes: en el corazón.

Después de todo, la política es una actividad cultural, y le atañe más que un decreto o una obra filosófica —muchas veces incomprensibles—, los valores que la gente abriga, el respeto hacia las cosas que la gente venera, los símbolos que la gente aprecia.

En Washington pueden comprender que si los conflictos siguen en el mundo, no se puede recurrir sólo al fusil. La base de toda civilización yace en a razón. De otra manera caeríamos en la horrenda predicción de Huntington: “Vendrá el choque de las civilizaciones”.

En Washington hay mucha gente pensante que puede ver el mundo con otros ojos y darse cuenta que la supremacía de un coloso no puede llevarles a la pérdida de la razón o a la vanidad de unas cuantas medallas en los pechos de la juventud mutilada.

El autor es Máster en Ciencias Políticas

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí