Manuel F. Ayau Cordón© www.aipenet.com
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Los malos gobernantes
Manuel F. Ayau Cordón
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Ciudad de Guatemala (AIPE).— Cada día nos alejamos más de un genuino régimen de derecho —frecuentemente confundido con un régimen de legalidad— y caemos más en un régimen reglamentario dirigido por legislación, órdenes y disposiciones arbitrarias de funcionarios. Es raro el día que no surge alguna propuesta de ley para arreglar lo que su proponente percibe como un problema urgente. Constantemente se convoca a reuniones para “llegar a consensos” sobre cómo resolver los percibidos problemas.
Esta cultura burocrática, estatista, dirigista y socialista no nos augura un futuro promisorio. Ocurre por lo que Hayek, en su discurso de aceptación del premio Nobel de Economía en 1974 llamó “la pretensión del conocimiento” de quienes saben muchas cosas pero tienen poca sabiduría y que no saben que no saben, pero que por ser empresarios exitosos se sienten con tanta confianza en sí mismos que no cuestionan sus conocimientos. Se trata de una confianza infundada que Mark Twain describía así: “No es lo que no sabes lo que te hace daño; es lo que sí sabes, pero que simplemente no es así”.
Así, “pragmáticamente” nos alejamos de un régimen basado en el respeto a derechos individuales, en el cual las personas pueden hacer todo lo que no viole derechos ajenos, en contraste al régimen estatista bajo el cual puede hacerse sólo lo que el Gobierno considera conveniente y autoriza. El régimen estatista mercantilista supone que los burócratas serán desinteresados servidores públicos, lo cual no podría estar más alejado de la realidad. Eso se llama la “visión romántica del Estado”, pues idealiza al burócrata como si no tuviese los defectos que tenemos todos los humanos. El régimen estatista siempre termina con baja productividad y pobreza, aunque las empresas nacionales sean rentables por gozar de leyes protectoras.
La organización económica que se deriva de un régimen de derecho genuino se llama “mercado” porque es el conjunto de transacciones libres, pacíficas y respetuosas de los derechos de los demás. Nadie impone su solución a otros por ley. Cada quien en su mundo, con sus conocimientos de su situación, sus recursos, su cultura, sus prioridades familiares, hace encajar sus actos sociales con los de los demás, libremente; de lo contrario, no logrará la colaboración de los demás para sus propios fines. El Gobierno sólo protege derechos: la seguridad de las personas, sus bienes y sus contratos. Por lo demás, deja libre a la gente.
La organización de un mercado, como el diario abastecimiento de alimentos o de la provisión de servicios profesionales no está dirigida en la misma forma como se dirige una empresa. Es muy distinto. Frecuentemente los mismos empresarios, conocedores de las particularidades de sus exitosos negocios llegan a creerse conocedores de economía. Nadie les dirá que no entienden de economía pues contestarán, ¿como que no: no ves la plata que estoy ganando? Esto ayuda a comprender por qué los gobiernos cometen el mismo error de consultar cuestiones económicas con exitosos hombres de empresa. Los gobiernos dirigidos por empresarios siempre han fracasado porque confunden negocios con economía. El sistema llamado “mercantilismo” ha sido el dirigido para garantizar el éxito de los empresarios, equivocadamente identificando el éxito del país con el éxito de sus empresas, y así justifican los privilegios que disfrutan por ley a sacrificio del resto de los habitantes. Y como la economía de mercado no es precisamente la especialidad de los políticos, éstos dan mérito a los consejos de grandes empresarios y no saben cómo contestar a sus alarmantes advertencias sobre las consecuencias de eliminar privilegios. Así, los gobiernos fracasan y el sector empresarial se desprestigia.
El autor es ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin