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Caminando en dos direcciones
En nuestra edición de ayer (martes 30 de noviembre) reportamos que según estimaciones del Banco Central las exportaciones de Nicaragua este año alcanzarán unos 670 millones de dólares. Esta cifra será récord, se subrayó en la información, y no sólo para los últimos 25 años -o sea a partir de que se derrumbó la economía nacional como consecuencia de la revolución sandinista-, sino para todos los tiempos, pues “la cifra anterior era de 646 millones (de dólares), lograda en 1978”.
Pero también hay que decir que esas cifras del Banco Central sobre el aumento de las exportaciones son respaldadas por los hechos. En días anteriores LA PRENSA reportó algunos eventos que demuestran por un lado el desarrollo que está experimentando el comercio nacional y, por otra parte, el crecimiento de las inversiones nacionales y extranjeras. Nos referimos a las inauguraciones en Managua de un nuevo gran supermercado en el sector de la Carretera a Masaya, entre Metrocentro y Camino de Oriente, de una hiper tienda en otra zona de gran expansión de negocios, como es la rotonda Jean Paul Genie, también sobre la Carretera a Masaya, y otros comercios de gran volumen.
Además, antes de que la empresa privada y el sector público comiencen a pagar el décimo tercer sueldo del año, o aguinaldo, los centros comerciales estaban abarrotados de gente, lo que demuestra visiblemente el aumento en la capacidad de compra de las familias y, por lo tanto, el crecimiento de la economía nacional.
Por supuesto que eso no significa desconocer que todavía hay muchos nicaragüenses que permanecen dentro de los círculos de la pobreza relativa y extrema, las cuales van a desaparecer sólo en la medida en que las inversiones en la economía nacional continúen creciendo para producir más riqueza, y nunca regresando al pasado miserable del estatismo sandinista, del racionamiento y la persecución contra la actividad económica libre e independiente.
Por otro lado, las informaciones acerca del crecimiento de las exportaciones y la expansión del comercio y otros giros de negocios, demuestran que la economía del país crece y avanza no obstante todas las adversidades y sobre todo a pesar de que, a todas luces, la política está caminando en sentido contrario al progreso y el desarrollo.
Ciertamente, la política —o más bien dicho, los políticos— en vez de sumar esfuerzos a la creación de mejores condiciones para el crecimiento económico y el desarrollo social, los entorpecen dictando leyes para aumentar la burocracia y el gasto público innecesario, perjudican la actividad financiera, desincentivan los negocios, niegan los compromisos de pago de la deuda pública y ponen en peligro la cooperación externa que facilita la sanidad macroeconómica y fomenta el desarrollo.
Es obvio que el país hubiera podido avanzar muchísimo más en la dirección económica correcta, de no ser por la actitud negativa de la clase política libero-sandinista cuyo principal objetivo ha sido enriquecerse lo más rápido posible, sangrando el erario y sin contribuir para nada a la creación de riqueza y al desarrollo económico nacional, a expensas únicamente de los impuestos que paga la gente que trabaja y de los recursos materiales que todavía le quedan al Estado después de tanta piñata sandinista y “democrática”.
En realidad, el país está caminando en dos direcciones opuestas. Mientras la economía aumenta de manera lenta pero firme y segura, la política retrocede dramáticamente y las instituciones democráticas de gobierno son distorsionadas por el partidismo y la corrupción. Y es válido considerar cuánto más habría crecido la economía nacional y qué gran cantidad de otros nicaragüenses habrían podido salir de la desgraciada situación de pobreza y miseria en que se encuentran todavía, si los partidos y los políticos liberales y sandinistas estuvieran trabajando también por el bienestar de la nación, y no sólo a favor de ellos mismos y de sus líderes o caudillos.
En todo caso, esta gran contradicción de que el país camina por el rumbo económico correcto pero políticamente va por la dirección equivocada, confirma la inmensa superioridad de la economía capitalista. Sin embargo la superestructura institucional, política, debe corresponder a la base económica, no puede seguir conteniéndola o limitándola de manera indefinida.