Eduardo Enríquez
La derecha de los estados unidos habla de una Mayoría Silenciosa. Ésa es la gran masa de gente con ideas básicamente conservadoras, que no se mete en política y vive su vida cuidando de su familia y trabajando, sin meterse con nadie.
Sin embargo, esa mayoría silenciosa sale a votar y es la que le da el triunfo a los candidatos conservadores por encima de los liberales, a los que apoya la “minoría bulliciosa”, todos aquéllos que apoyan el aborto, los derechos de los homosexuales y básicamente toda la agenda de la izquierda norteamericana.
Eso dentro del contexto de Estados Unidos, pero en Nicaragua también tenemos una mayoría, sin embargo ésta no sólo es silenciosa, sino que inerte. Floja, perezosa, incapaz de salir de su reposo.
Los números lo demuestran. Los partidos del pacto: el Frente Sandinista y el Partido Liberal Constitucionalista dicen “representar a la mayoría”, pero según los datos de la reciente elección municipal, ellos, juntos, no llegan al 45 por ciento de la ciudadanía.
El padrón electoral no depurado es de 3.3 millones de personas, si le restamos los muertos y la gente que se ha ido del país y le sumamos los que cumplen anualmente 16 años, vemos que a groso modo el padrón es de 2.8 millones de personas actualmente. Sin embargo liberales y sandinistas lograron aproximadamente entre los dos 1.2 millones de votos. O sea, 43 por ciento.
¿Dónde está ese 1.6 millones de personas? Ellos obviamente no están de acuerdo con la desarticulación del Estado que están realizando liberales y sandinistas en la Asamblea. No están de acuerdo con la corrupción, los abusos y el caudillismo de Arnoldo Alemán y Daniel Ortega.
Son una fuerza que aún contando la abstención natural de cualquier elección, podría cambiar el curso que llevan las cosas. Tuvo la oportunidad de hacerlo hace un par de semanas, pero su salida fue tan tímida que más bien envalentonó a los caudillos y el resultado lo estamos viviendo hoy.
Esa flojera e incapacidad sólo tiene explicación en la desesperanza. Una clase política tan rapaz que le ha robado hasta la ilusión a la gente y nos ha convertido en un país de pesimistas.
La definición de inercia que del diccionario dice: “Incapacidad de un cuerpo para salir de su estado de reposo… sin la intervención de otra fuerza”.
La fuerza que puede interrumpir la inercia es la esperanza, algo que tiene que nacer. Ayer y hoy se está realizando en el Centro de Capacitación Olofito un ejercicio de “ciudadanos autoconvocados” que puede resultar interesante, ya que ellos están buscando elaborar una agenda, un rumbo distinto para el país”.
El problema es que, como ha dicho don Emilio Álvarez Montalván y ha quedado probado con el Apre, “sin santo no hay procesión” y es necesario un liderazgo que despierte la esperanza.
Un líder que no es lo mismo que un caudillo. Un líder que debe reunir ciertas cualidades, entre las que infaltablemente están la valentía y la decisión. Eso es lo único que puede romper con la inercia y la desesperanza.