Julio Ignacio Cardoze
El gobierno manifiesta su preocupación por la iniciativa de reforma parcial a la Constitución. Algunos medios la denuncian. La ciudadanía permanece indiferente.
En carta a la Cumbre Iberoamericana, el canciller Norman Caldera advirtió que “dichas reformas cercenarían al Poder Ejecutivo funciones inherentes al legítimo ejercicio del poder democrático”. En la misiva, que podría ser enviada al Grupo de Río, subgrupos regionales y a la OEA, se advierte que pretenden cambio a un seudo-parlamentarismo, pero sin la legalidad y balances que exige la democracia parlamentaria.
El Presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano, Richard Lugar, envió carta al presidente Bolaños expresando preocupación por intentos “antidemocráticos”.
Circunstancias notorias en esta situación: 1) la facilidad con que el Ejecutivo moviliza fuerzas externas en su apoyo: ex presidentes centroamericanos, OEA, Departamento de Estado norteamericano, políticos y funcionarios de otros países; 2) la incapacidad y ausencia de estrategia e iniciativa del mismo gobierno, para explicar al público no solamente las consecuencias funestas de las reformas propuestas en detrimento del Poder Ejecutivo, sino también en perjuicio de Nicaragua, y para movilizar al pueblo contra las mismas; 3) desinterés ciudadano, y en particular de la sociedad civil, para defender sus derechos, porque las reformas propuestas por el sandinismo, al que perjudicarán es al pueblo, pues el Gobierno del presidente Bolaños terminará pero las reformas quedarán.
Si bien es cierto que las afirmaciones del Canciller sobre la alternativa pseudo-parlamentaria son preocupantes; que las intenciones de Daniel Ortega con estas reformas son perversas; y que el apoyo a las mismas por parte de la dirigencia y diputados del PLC es abyecta, también es cierto que la ineptitud del Ejecutivo para movilizar al pueblo es culposa.
Para un gobierno, querer sostenerse con el apoyo unilateral externo, sin su pueblo, es como querer sentarse en una silla con dos patas, o que un pájaro pretenda volar con una sola ala.
Es incomprensible la abulia del pueblo ante esta situación, y en particular la de la sociedad civil, que para derrocar a Somoza no vaciló en formar parte, militante y activa del Grupo de los Doce, enviar delegaciones a Venezuela, Estados Unidos y Europa, pero ahora, ante un peligro mayor está en Babia.
Lo que estamos viendo es la segunda parte del pacto que también vimos como espectadores y que tanto nos gusta criticar. La conciencia social es el sentimiento de una sociedad. Es un estado psicológico, condensado en normas o exteriorizado en tendencias sociales, políticas, aspiraciones, predisposiciones y creencias comunes. Carecemos de conciencia social porque nunca hemos activado el mecanismo creador, complementando y enlazando la inteligencia dirigente con la masa, para que surjan esos sentimientos comunes. Es fácil darse cuenta por qué: careciendo de conciencia social lo que tenemos es conciencia sectorial, partidista, sumisa, oportunista, abstencionista, indiferente, indolente. En fin, socialmente inconscientes.
Ningún dirigente se ha preocupado de cultivar nuestra conciencia social, y uno que renunció a la oportunidad, declarándose apolítico, es el presidente Bolaños, quien tenía obligación moral de hacerlo. Aceptó la Presidencia, rechazando la principal responsabilidad del cargo: asumir liderazgo.
Esta ausencia de conciencia social afecta la política, pero también las áreas cívicas y morales. Posiblemente nadie está interesado en cultivarla, porque conviene más a la élite dirigente, un pueblo inconsciente que uno consciente. La indiferencia ciudadana ante las reformas podría ser una consecuencia de preferir mantener un pueblo inconsciente. No nos quejemos.
El autor es jurista nicaragüense, reside en Miami