La verdadera integración

Mauricio R. Peralta*

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La verdadera integración


Mauricio R. Peralta*




Nunca he creído en el llamado de los “políticos iluminados” que han propugnado desde hace siglos por la integración de nuestros países. Más bien, lo que ha estado ocurriendo en estos últimos años es una verdadera integración de los mismos políticos a través de las negociaciones comerciales entre ellos.

Pero no son los países los que en esencia se integran en dichas negociaciones comerciales, son las empresas las que al fin y al cabo se acercan y en algunos casos se fusionan como consecuencia de este nuevo entorno competitivo.

Nadie se asocia o integra con alguien si no logra con ello un beneficio económico en particular. Han sido mucho más eficaces los instrumentos económicos que los políticos para integrarnos como región

Los llamados a la integración política no han podido evitar los problemas de índole limítrofes en Sudamérica. En vez de haber unido a nuestros pueblos, los han distanciado. Ejemplo de ello han sido las disputas entre Chile y Bolivia, por la salida al mar, los diferendos entre Perú y Ecuador que incluso originaron la guerra entre ellos y el problema limítrofe de los campos de hielo, entre Argentina y Chile.

Al norte de nuestro continente recordamos aún la experiencia entre México y EE.UU., en donde el 40 por ciento de la extensión territorial del país azteca pasó a formar parte de la Unión Americana.

En cambio, han sido los llamados a la integración económica los que han demostrado poseer una mayor consistencia y estabilidad en el tiempo. La Unión Europea es un claro ejemplo de ello. Esta integración no sólo ha unido países, sino que en última instancia, ha posibilitado una mayor compenetración y competencia entre las empresas.

De esto nos habla don Enrique V. Iglesias, Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en su último artículo: Descifrando el enigma de la competitividad, que apareció el miércoles 10 de noviembre en la sección de Economía y Finanzas de LA PRENSA, cuando comenta que: “Un dicho que se repite con frecuencia afirma que las regiones no compiten, tampoco los países. Son las empresas las que compiten entre sí”.

Esta competencia ha obligado a las grandes empresas a fusionarse y a las Pymes, a integrarse verticalmente con ellas. Es cada vez mayor el peso económico de las empresas en relación al Producto Interno Bruto (PIB) de muchos países del orbe.

En 1999, de las 100 principales entidades económicas del mundo, 51 eran empresas y 49 eran países, es decir existían por lo menos 51 empresas cuyas ventas anuales eran superiores al PIB anual de las 49 economías más grandes del mundo. A manera de ejemplo, General Motors era mayor que Dinamarca, Daimler-Chrysler era mayor que Polonia, IBM a Singapur y Sony a Pakistán, durante ese año.

En un futuro próximo, cada vez más empresas superarán en importancia económica a cada vez más países.

Nos acercaremos de esta manera a los tiempos en que no seremos ciudadanos de tal o cual nación, sino propietarios o trabajadores de tal o cual empresa y la anunciada especialización del trabajo entre naciones, por parte de Adan Smith en 1776, será de manera radical, una especialización, pero entre empresas.

Si nos enfermáramos iríamos a un hospital del norte (antes EE.UU.). Si quisiéramos tener un bronceado atractivo, iríamos a algún hotel de playa del Caribe (antes las Bahamas) y si nos gustara esquiar sobre hielo iríamos a algún hotel de invierno en el sur (antes Argentina).

Pensaríamos en un mundo hipotético en donde la competitividad individual sería la clave para el éxito personal y no el padrinazgo político. En donde no existirían los bancos centrales ni los déficit fiscales. Las guerras serían de precios y no de balas. Nuestra cédula de identidad sería nuestro carné de la empresa y las aduanas desaparecerían, siendo sustituidas por las divisiones entre las distintas empresas existentes.

El gobierno que ha de sobrevivir tendría más las características de una Organización Mundial de Comercio que de una Organización de Naciones Unidas.

Será, en resumen, la época de la historia en la que la creatividad y libertad empresarial se abrirá paso ante la onerosa, anquilosada y castrante burocracia internacional.

* El autor es economista, catedrático de la Universidad Thomas More

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