ArturoMc Field
El 2004 ha sido un mal año para los periodistas nicaragüenses, aunque las estadísticas revelan que este año murieron menos comunicadores que en el 2003, cuando fueron asesinados 20 periodistas en América Latina, y el Caribe y más de 50 asesinatos de periodistas impunes desde 1995.
El 2004 fue un mal año especialmente punzante para los hombres y mujeres de prensa de nuestro empobrecido país. La muerte de Carlos Guadamuz y la periodista María José Bravo nos han recordado una vez más que el derecho a informar puede costarnos el derecho más preciado: la vida.
Este año deja un saldo rojo para los comunicadores. Más de 17 periodistas muertos, y lo más triste del caso es que dos de ellos son de Nicaragua, un lugar donde la batalla por la libre expresión se creía superada. Un lugar en que se viven tiempos de paz, libre mercado, democracia y globalización.
Según datos de la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap), de los periodistas muertos en este sangriento año tres fueron asesinados en septiembre en otros tantos países de América Latina (Guatemala, República Dominicana y Venezuela). El inventario de horror incluye el cadáver de un cuarto periodista secuestrado por cinco meses en México, según un recuento de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP), adscrita a la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap).
Vivimos tiempos violentos como diría Quentin Tarantino. El gatillo del asesino no hace distinción ni tiene rostro. Algunos de los protagonistas de este doloroso itinerario fueron periodistas que investigaban excesos del poder local, corrupción, vínculos políticos, nota roja, narcotráfico y hasta temas económicos. Nada ni nadie se escapa del humo lacerante del perseguidor.
Aunque alguien diga que algunos de los periodistas asesinados eran bien pagados, con auto, oficina propia y aire acondicionado, la mayoría de los que componen el inventario luctuoso del 2004 eran reporteros esforzados, “palmados”, con muchas deudas, pocos amigos, poco conocidos hasta el día de su deceso forzoso. Eran periodistas que se malmataban en muchos casos ganándose la vida colaborando para una docena de radios locales y publicando algunas notas marginales en las páginas interiores de grandes rotativos, freelanzers que por sus características de colaboradores no figuran en planillas ni cotizan para el Seguro Social de su vejez. Ésa era y es la vida de la mayoría de estos informadores que hoy son noticia. Una realidad triste pero cierta. Gran parte de los hombres y mujeres de prensa, que todavía no taxeamos, no desesperamos o ponemos una pulpería en casa, o en el mejor de los casos un cibercafé, vivimos una vida dura similar a la de los nobles maestros y enfermeras de Latinoamérica.
Pero volviendo a Nicaragua, el asesinato de la periodista María José Bravo, de apenas 26 años, nos vuelve a inquietar hasta la médula. No sólo por las condiciones en las que vive el gremio, sino también por la espera del desenlace judicial de este nuevo caso, que se quiera o no, está aquí y hay que discutirlo.
Una vez más nos comemos la uñas, nos volvemos existencialistas y nos preguntamos si vale la pena ejercer este oficio tan apasionante y peligroso. María José era una periodista casi anónima hasta el día de su asesinato, inofensiva si alguien así lo prefiere; pero, fue asesinada de la misma forma que lo fue hace unos meses el controversial empresario radial y periodista Carlos Guadamuz.
El 2004 ha sido un mal año para el periodismo nacional. Sin embargo, la justicia en Nicaragua tiene una segunda oportunidad para aminorar su saldo negativo y cerrar bien el año, dejar de coquetear con la política y otros demonios y por fin sentar un precedente y hacer justicia a quienes justicia merecen.
El autor es periodista